24 de febrero de 2019

Un poema de P. P. Pasolini


Acabada la fiesta en una Roma sorda
a toda expectativa ingenua, acabado el día,
como basura al viento los pasos
del regreso, las voces, los silbidos, van
muriendo ampliamente por las calles, ya escasos
en los zaguanes. Es la pausa de la cena:
después, más tarde, con la pesadez inquieta
de la sombra sucia, sin aire, en la
ropa festiva de una gente extraña,
allí donde el caos de la ciudad se congela
en claridades de luces que jalonan
las calles tapiadas por una paz
de muerte, vuelve la antigua noche...
Por los abandonados paseos fluviales
las resplandecientes coronas de los faros,
alguna estrella al flanco de las nubes...
y en la periferia, de Testaccio
a Monteverde, se estanca un temblor
cansado y húmedo de voces de peatones
y de motores: remota incrustación
de nuestro mundo sobre el mudo universo.

(Pier Paolo Pasolini, Roma 1950. Diario, 1960)
(Traducción de Andrés Catalán)