2 de marzo de 2019

Dos poemas de Seamus Heaney

MUERTE DE UN NATURALISTA

Durante el año la balsa del lino se enconó
en el corazón del pago; verde y granado el lino
se pudría allí, lastrado por terrones gigantescos.
Se achicharraba a diario bajo un sol de justicia.
Burbujas delicadamente gorgoteadas, las moscardas
tejían una tupida gasa de sonido en torno del olor.
Había libélulas, mariposas moteadas,
pero lo mejor de todo era la espesa baba tibia
de huevas que crecía como un agua coagulada
a la sombra de la orilla. Todas las primaveras
solía llenar hasta arriba tarros de jalea con los granos
gelatinosos y los alineaba en los alféizares de casa,
en los estantes del colegio, y esperaba y vigilaba hasta que
los puntos engordados estallaban en forma de ágiles
renacuajos. La señorita Walls nos explicaba
que a la rana papá se la denominaba rana toro
y que croaba y que la rana mamá ponía
cientos de huevecillos y que esto eran las huevas
de rana. Con las ranas además podía predecirse el tiempo
pues eran amarillas si hacía sol y marrones
si llovía.

Entonces un día de calor cuando los campos hedían
a hierba llena de estiércol las ranas enfadadas
invadieron la balsa del lino; yo me adentré en los setos
agachado hacia un burdo croar que no había oído
nunca. El aire lo llenaba un coro de bajos.
Allí en la balsa las ranas barrigudas se alzaban en los terrones,
los cuellos fofos hinchados como velas. Algunas saltaban:
los golpes y chapoteos eran obscenas amenazas. Otras eran
como granadas de fango, pedorreando por sus chatas cabezas.
Me dio asco, me di la vuelta y corrí. Los grandes reyes del limo
se habían reunido allí por venganza y yo era consciente
de que si sumergía la mano las huevas la agarrarían.

**

HELICÓN PERSONAL

Para Michael Longley

De niño no podían mantenerme alejado de los pozos
y las viejas bombas con cabestrantes y cubos.
Me encantaba la oscura caída, el cielo atrapado, los olores
a algas, a hongos y a musgo húmedo y frío.

Uno, en un tejar, con una podrida tapa de madera.
Me recreaba en el sonoro estruendo de un cubo
al desplomarse al extremo de una soga.
Tan hondo que no se veía allí ningún reflejo.

Uno poco profundo bajo una acequia seca
fructífero como cualquier acuario.
Al arrancar las largas raíces del mantillo mullido
un rostro blanco se cernía sobre el fondo.

Otros tenían eco, te devolvían tu propio grito
con una perceptible nueva música. Y había uno
espantoso, pues allí, de los helechos y las altas
dedaleras una rata salió cruzando mi reflejo.

Ahora husmear en las raíces, toquetear el légamo,
quedarme mirando, ojiplático Narciso, un manantial
resulta indigno a mi edad. Rimo
para verme a mí mismo, para hacer resonar la oscuridad.


(Seamus Heaney, 100 poemas, traducción de Andrés Catalán, Alba, 2019)