18 de febrero de 2019

Otro poema de Ingeborg Bachmann

CIERTA CLASE DE PÉRDIDA

De uso compartido: las épocas del año, los libros y algo de música.
Las llaves, las tazas de té, la cesta del pan, sábanas y una cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, usados, gastados.
Unas normas de casa respetadas. Dichas. Hechas. Y siempre tendida la mano.

Me enamoré del invierno, de un septeto vienés y del verano.
De mapas, de una cabaña en la montaña, de una playa y una cama.
Un culto hecho de fechas, de irrevocables promesas,
de adorar un poco y ser devoto ante nada,

(...los periódicos doblados, las cenizas frías, el trozo de papel con una nota a mano)
de religión intrépida, puesto que la iglesia era esta cama.

De la vista del lago surgió mi inagotable pintura.
Desde el balcón había que saludar a la gente, mis vecinos.
A salvo junto a la chimenea cobraba su color más intenso mi pelo.   
Era el timbre de la puerta al sonar la alarma de mi alegría.

No es a ti a quien perdí,
sino al mundo.

(I. Bachmann)

(Traducción de A. Catalán)


16 de febrero de 2019

Cuatro estelas funerarias de los museos capitolinos de Roma


En esta respetable tumba Gliconia yace en paz: dulce de nombre, pero aún más dulce de espíritu. Nunca le preocupó la vida para ella demasiado austera, al contrario, con locura y placer prefirió embriagarse de vino e interpretar canciones con sencillez. A menudo se entretenía tejiendo con dulce amor suaves guirnaldas de flores para sí y para sus hijos, a los que dejó en su pubertad; los hijos que engendró eran hermanos a semejanza de Cástor y Pólux. Merecedora de una dichosa vida eterna, se apresuró hacia allí donde los buenos hados nos reclaman. Publio Mattio Chariton hizo construir esta tumba para su estimada esposa.

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A los espíritus de los antepasados. Aquí yazco, Claudio Diadumeno, de profesión poeta, en un tiempo enriquecido por los encargos del César, aunque nunca me dominó el amor por la fama; al contrario, siempre llevé una modesta vida. Oh Hyllo, oh padre, ya estamos juntos. No deseo crear una conmoción: esta casa es un lugar acogedor para ambos. Claudia Fructiana construyó este monumento para su digno esposo.

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A los espíritus de los antepasados. Los padres Lucio Attidio Kritias y Peregrina mandaron hacer este sepulcro para su dulcísimo hijo Kritias, que vivió 2 años, 7 meses, 15 días y 5 horas y media. Ah, extranjero, custodio a un jovencito de nombre Kritias, de 2 años y casi 8 meses, pero con la inteligencia de un anciano. Por esta razón partió llorando al Hades. En verdad, los espíritus malignos malograron su vida, igual que una tempestad del sur hace con una tierna planta.

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Para la dulce Geminia Ágata Mater. Mi nombre era Mater, pero no estaba destinada a ser madre. De hecho tan sólo viví 5 años, 7 meses y 22 días. Durante el tiempo que viví, disfruté y fui siempre amada por todos. De hecho, creedme, tenía cara de niño, no de niña; sólo mis progenitores me llamaban Ágata, de dulce temperamento, de gentil y noble apariencia, con el cabello rojo, corto por arriba y largo por detrás. Ahora todos vosotros me ofrecéis libaciones y rogáis por que la tierra no pese demasiado sobre mis restos. No sufras mucho por los restos de mi pequeño cuerpo, Favencio, que hiciste más por mí que mis padres, y que sólo a mí me amaste. De hecho, mi padre y mi madre me precedieron hace tiempo, y no sufrieron con mi destino. Tengo también una hermana de madre, Amoena, que está entristecida por mi muerte. Por favor, reconfortad a mi familia, recordadles la feliz vida que viví y rezad por que su dolor no se incremente y su tristeza no sea excesiva. Tú que lees, si lo quieres saber mi nombre completo es Geminia Ágata, a la que la prematura muerte llevó a edad temprana al Tártaro. Esto es todo, más no puede pasar: esto es lo que nos aguarda a todos.

(Traducción, A. Catalán) 

 

9 de febrero de 2019

Tres poemas de Primo Levi


ERAN UN CENTENAR

Eran un centenar de hombres armados.
Cuando el sol se alzó en el cielo,
todos dieron un paso adelante.
Pasaron las horas, sin un ruido:
ni siquiera pestañearon.
Cuando sonaron las campanas
todos avanzaron un paso adelante.
Así transcurrió el día, y llegó la noche,
pero al florecer en el cielo la primera estrella,
todos a la vez dieron un paso adelante.
«Atrás, fuera de aquí, viles fantasmas:
regresad a vuestra vieja noche»;
pero ninguno respondió, y en cambio,
reunidos en un círculo, dieron un paso adelante.

1 de marzo de 1959


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ESPERA

Es esta una época de relámpagos sin trueno,
es esta una época de voces no escuchadas,
de sueños inquietos y de vigilia en vano.
Compañera,  no olvides los días
de los largos fáciles silencios,
de las nocturnas amistosas calles,
de la meditación serena,
antes de que caigan las hojas,
antes de que vuelva a cerrarse el cielo,
antes de que de nuevo nos despierte,
familiar, delante de nuestras puertas,
el golpear de las botas de hierro.

2 de enero de 1949


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PARA ADOLF EICHMANN

Corre libre el viento por nuestras llanuras,
bate eterno el mar vivo en nuestras playas.
El hombre fecunda la tierra, la tierra le da flores y frutos:
vive en sufrimiento y en alegría, espera y teme, engendra dulces hijos.

...Y tú has llegado, nuestro preciado enemigo,
tú, criatura abandonada, hombre marcado por la muerte.
¿Qué serás capaz de decir ante nuestra asamblea?
¿Jurarás ante un dios? ¿Qué dios?
¿Saltarás a la tumba alegremente?
¿O te lamentarás, como al final se lamenta el hombre laborioso
cuya vida fue breve para un arte demasiado largo,
por tu malvada obra inacabada,
por los trece millones que aún viven?

Oh hijo de la muerte, no te deseamos la muerte.
Ojalá vivas más tiempo de lo que nadie ha vivido:
ojalá vivas insomne cinco millones de noches,
y te visite cada noche el sufrimiento de todos los que vieron
volverse a cerrar la puerta que impedía el camino de regreso,
hacerse la oscuridad, el aire llenarse de muerte.

20 de julio de 1960

(Primo Levi, Ad ora incerta)
(Traducción, Andrés Catalán)





8 de febrero de 2019

Un poema de W. H. Auden

La caída de Roma


(Para Cyril Connolly)

Los muelles son aporreados por las olas;
la lluvia en un campo solitario
azota un tren abandonado;
los forajidos atestan las cuevas de los montes.

Cada vez más estrafalaria es la ropa de gala;
los inspectores del fisco persiguen
a los huidos defraudadores a través
de las cloacas de ciudades de provincias.

Secretos ritos de magia mandan
a dormir a las prostitutas del templo;
todos los literatos tienen
un amigo imaginario.

Puede que el cerebral Catón
alabe las Antiguas Disciplinas
pero los musculosos marines
se amotinan por su rancho y paga.

La cama doble de Cesar sigue tibia
cuando un insignificante funcionario
escribe NO ME GUSTA MI TRABAJO
en un formulario oficial de color rosa.

Carentes de riqueza o compasión,
pajarillos de patas escarlata,
empollando sus huevos moteados,
observan las ciudades arrasadas por la gripe.

En un lugar completamente diferente, inmensas
manadas de renos atraviesan
millas y millas de dorado musgo,
silenciosamente y muy deprisa.

(W. H. Auden)
(Traducción de Andrés Catalán) 


6 de febrero de 2019

Un poema de Giovanni Pascoli


LA POESÍA

I

¡Sea yo una lámpara que arda
     suave!
La lámpara, tal vez, que observa,
colgando del ahumado travesaño,
     a las que en compañía hilan;

y escucha cuentos y razones
     de bocas
veladas por la sombra, en rincones,
tras las mullidas ruecas
     que se albean en fila:

razones, cuentos, y saludos
de amor, al oído, confusos:
los constantes susurros perdidos
en el constante bisbiseo de los husos;
las viejas palabras oídas
de cerca con pálpitos nuevos,
entre el sordo y manso rumiar
    de los bueyes:

II


la lámpara, tal vez, que a la cena
     convoca;
que despunta en lo blanco, y serena
sobre el gran mantel reposa, luna
     sobre un prado de nieve;

y anima el alegre convite;
     luego insinúa,
de repente, un pequeño dedo,
allí, negro aún de la pluma
     que corre y que bebe:

pero deja en la sombra, en la mesa,
a la madre, al tiempo que estudia
a la hija mayor que piensa
mirando mi rayo de aurora:
absorta en mi llama dorada
no siente tu vana inspección;
¡ya huye, y ya, pobre madre,
     se aleja!

III

Y si no soy yo la lámpara
     que oscila
delante de una dulce María,
viviendo de las humilde gotas
     de cien cabañas:

recojo el parejo tributo
     del olivo
de todo el pueblo, y el saludo
de la colina rocosa y del arroyo
     sonoro de juncos:

y enciende, mi rayo, al caer la tarde,
entre la sombra de tristes violetas,
en los ojos que rezan y desesperan,
la pobre lágrima sola;
y muere, en el alba radiante,
temblando, mi pálido rayo,
entre coros de vírgenes y flores
     de mayo:

IV

o aquella, cubierta, que a su lado
     te señala
a la mujer más blanca que el blanco
lienzo, que en el vientre, durmiente,
     madura tu semilla;
o aquella que alumbra la cuna
     —la barca
que, alzando el fanal de borrasca,
surca el mar del existir,
     se mece, y gime—;

o aquella que callada ilumina
tumbas profundas —con rostros
descarnados de viejos; tenaces
sonrisas de rubias vírgenes;
¡tú madre... en la sombra sin horas,
por ti, en su triste reposo,
junta las manos sobre su corazón
     ya carcomido!

V

¡Yo soy la lámpara que arde
     suave!
en las horas más solas y más oscuras,
en la sombra más triste, más grave,
     la mejor, hermano mío!

Que cuelgue sobre la cabeza de la doncella
     que piensa,
sobre la madre que reza, sobre la cuna
que llora, sobre la bulliciosa mesa,
     sobre el sepulcro en silencio;

a lo lejos brilla mi llama
casta para el peregrino que sigue,
nocturno, con corazón lloroso,
el pálido camino de la vida:
se detiene; pero ve mi rayo
que blandamente le enciende el alma:
reemprende el oscuro viaje
     cantando.


(Giovanni Pascoli, Cantos de Castelvecchio)
(Traducción de Andrés Catalán y María Bastianes)