5 de octubre de 2018

Cine italiano (una posible lista)

A raíz de una charla sobre cine italiano y poesía en Cosmopoética, estos últimos meses me he dado una buena panzada de películas. Como había prometido poner la lista de las que he visto en algún sitio, acá va:

Pastrone

Cabiria (1914)

Mario Mattoli

L’ultima carrozzella (1943)

Roberto Rossellini

Germania anno zero (1948)
Roma città aperta (1945)
Paisà (1946)
Stromboli (1950)
Francesco, giullare di Dio (1950)
Viaggio in Italia (1954)
Il generale Della Rovere (1959)

Vittorio de Sica

Sciuscià (1946)
Ladri di biciclette (1948)
Miracolo a Milano (1951)
Umberto D (1952)
La ciociara (1960)
Il giardino dei Finzi-Contini (1970)

Pagliero

Roma città libera (1946)

Visconti

Ossessione (1943)
La terra trema (1948)
Rocco e i suoi fratelli (1960)
Il Gattopardo (1963)
Morte a Venezia (1971)
La caduta degli dei (1969)

De Santis

Riso amaro (1949)
Roma ore II (1952)

Federico Fellini

I vitelloni (1953)
La strada (1954)
La dolce vita (1960)
Boccaccio 70 (1962)
8 ½ (1963)
Giulietta degli spiriti (1965)
Fellini Satyricon (1969)
Roma (1972)
Amarcord (1973)
Casanova (1976)
E la nave va (1983)
La voce della luna (1990)

Michelangelo Antonioni

Cronaca d’un amore (1950)
L’avventura (1959)
La notte (1961)
L’eclisse (1962)
Il deserto rosso (1964)
Blow up (1966)

Zampa

L’onorevole Angelina (1947)
Vivere in pace (1947)
Processo alla citta (1952)

Emmer

Domenica d’agosto (1950)

Castellani

Sotto il sole di Roma (1948)
Due soldi di speranza (1952)

Bolognini

La notte brava (1959
Metello (1970)

Francesco Rosi

Morte d’un amico (1959)

Olmi

Il posto (1961)

Dino Risi

Poveri ma belli (1957)
Il sorpasso (1962)

Vancini

La lunga notte del ’43 (1960)

Zurlini

La ragazza con la valigia (1961)
Cronaca famigliare (1962)
La prima notte di quiete (1972)

Monicelli

I soliti ignoti (1958)
Un borghese piccolo piccolo (1977)
Il marchese del Grillo (1981)

Francesco Rosi

La sfida (1958)
Le mani sulla citta (1963)
Il caso Mattei (1972)

Cecilia Mangini

Ignoti alla città (1958)
Stendalì (1960)
La canta della marane (1961)
Essere donne (1965)

P. P. Pasolini

Accattone (1961)
Mamma Roma (1962)
La ricotta (en Ro.Go.Pa.G) (1963)
Il vangelo secondo Matteo (1964)
Uccellaci e uccellini (1966)
Che cosa sono le nuvole? (En Capriccio all'italiana)(1967)
Edipo re (1967)
Teorema (1968)
La sequenza dei fiori di carta (en Amore e rabbia) (1968)
Medea (1969)
Decameron (1971)
I racconti di Canterbury (1972)
Salo o le 120 giornate di Sodoma (1975)

Damiani

La rimpatriata (1963)

Maselli

Gli indifferenti (1964)

Bertolucci

Prima della rivoluzione (1964)
Il conformista (1970)
Ultimo tango a Parigi (1972)

Pontecorvo

La battaglia di Algeri (1967)

Lina Wertmüller

I basilischi (1963)
Mimi metallurgico… (1972)
Pasqualino settebellezze (1976)
Scherzo del destino… (1983)

Bellocchio

I pugni in tasca (1965)
La Cina è vicina (1967)
Enrico IV (1984)
La condanna (1991)
L’ora della religione (2002)
Buongiorno, notte (2003)

Elio Petri

Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto (1970)

Marco Ferreri

Dillinger è morto (1969)
La grande abbuffata (1973)

Liliana Cavani

Il portiere di notte (1974)
Al di la del bene e del male (1977)
La pelle (1981)

Ettore Scola

Brutti, sporchi e cattivi (1976)
Una giornata particolare (1977)
La terrazza (1980)
Gente di Roma (2003) (documental)

Los Taviani

Padre padrone (1977)
La notte di San Lorenzo (1982)
Kaos (1984)

*Tarkovsky

Nostalghia (1983) (sceneggiatura Tonino Guerra, fotografia Giuseppe Lanci)
Tempo di viaggio (1983) (documental sobre el rodaje de Nostalghia)

Nani Moretti

La misa e finita (1985)
Caro diario (1993)
Il caimano (2006)

Sorrentino

Il divo (2008)
La grande bellezza (2013)

Guadagnino

Io sono l’amore (2009)
A bigger splash (2015)
Call me by your name (2017)

Piavoli  (documental)

Voci nel tempo (1996)

Frammartino  (documental)

Le quattro volte (2010)



22 de agosto de 2018

Dos textos de P.P. Pasolini / Cecilia Mangini


Más allá de la ciudad nace una nueva ciudad, nacen nuevas leyes allí donde la ley es el enemigo, nace una nueva dignidad donde ya no hay dignidad, nacen jerarquías y convenciones despiadadas en la extensión de parcelas, en las zonas sin límite donde te parece que acaba la ciudad, que vuelve a empezar, sin embargo, vuelve a empezar enemiga miles de veces, en laberintos polvorientos, en frentes de casas que cubren horizontes enteros.
Ser pobre, ser humilde, dormir en una pequeña habitación de diez en diez, tener un padre con la misma ropa desde hace diez años, tener una madre que grita por la casa como los hombres, tener hermanos con los que hablar solo para discutir o pelearse, no conocer nada que no sea el propio barrio, no tener más que cuatro amigos vagabundos, no reconocer ninguna fe.
No tener una lira para el tranvía, arrastrar los pies por las aceras, sentarse sobre la hierba sucia y los cascotes, consolarse siendo un desalmado.
Haber caído del seno de la madre al fango y al polvo de un desierto que los quiere libres y solos, haber crecido en un bosque donde los hijos luchan con los hijos para educarse en la vida de los adultos, ser niños en una ciudad hecha para la piedad y la riqueza sin conocer otra cosa que la propia hambre.
El trabajo: cien liras para la madre y cien liras para divertirse. De corazón no se hace otra cosa que divertirse. La ciudad es una tentación. Al chaval de la calle que se desloma por ganar cien liras no le gusta trabajar: ha nacido cansado.
De los chavales de la calle todos ignoran el alma ligera y alegre que tienen. Son cínicos, demasiado experimentados, dispuestos a todo, pero es suficiente con una camiseta y un par de zapatos, porque resulta que también el más chulo tiembla.
Algún robo, algún atraco. Así terminan a veces en Porta Portese, en su prisión. Allí adentro pierden la voz de fumar. Los camaradas de afuera saben que por un paquete de cigarrillos harían casi cualquier cosa.
Amor, consuelo de la miseria. En la facilidad del amor el desposeído se siente hombre. Los jóvenes se lanzan a la aventura seguros de estar en un mundo que les tiene, a ellos, a su sexo, miedo.
Su piedad está en ser despiadados. Su inocencia en su vicio. Su fuerza en la ligereza. Su esperanza en no tener esperanza.
Están llenos de espíritu. Sus apodos son Baficchio, Luccicotto, Rondone, Zimmi'o, Fumetto, Paino, Rabadicchio, Lumacone, Candeletta, Chinotto, Sciacallo, Gricio, Buretta, Budda, Capinera, Cippa, Pallino, Pomodoro, Pluto, Rospetto, Bidone, Zu, Zagottone, Nasca, Branda, Spinoso, Pazzia, Brooklyn, Droga.
Algún robo, algún atraco. Especialmente en Pascua o Navidad, para disfrutar las fiestas. Estos nacidos en la miseria, de viejas familias de sirvientes o artesanos, o venidos del sur, o que han terminado aquí provenientes del norte, este ejército acampado tras los aguazales y los terraplenes, pasos elevados y viaductos desconchados, estos miles de rebeldes y de violentos están en realidad demasiado resignados, transforman demasiado a menudo las injusticias en una antigua y vital alegría.

(Pier Paolo Pasolini, texto para el corto documental de Cecilia Mangini "Ignoti alla città". La traducción es mía).

***

Llorad, madres que tenéis hijos, llorar con todo vuestro dolor, que os salga de las hojas del alma que os abandonan antes de tiempo. Viene la muerte que no nos respeta, que a todos nos ha señalado. Llorad con luto, llorad pequeños, llorad grandes, llorad muchachos, esta flor se quedó sin fuerza y tenía tan solo dieciséis años. Yo te esperaré, yo, oh hijito mío, te esperaré hasta las tres, cuando vea que no vienes correré a buscarte al jardín y al patio. Yo te esperaré, yo, oh hijito mío, te esperaré hasta las cinco, cuando vea que no vienes correré a buscarte entre todos los familiares. Yo te esperaré, yo, oh hijito mío, te esperaré hasta las nueve, cuando vea que no vienes, perderé toda esperanza y si veo que no vienes y a las diez no apareces, a las diez me convertiré en tierra, en tierra, en tierra para sembrar. Yo te esperaré, yo, oh hijito mío, te esperaré hasta que acabe el año, y cuando vea que no vienes me ennegreceré como el hollín. Y tú, corazón quemado, llora, llora, grita siempre como un buey salvaje que te has quedado sin luz en el mundo. Si me hubieses dicho, hijito mío, que estabas a punto de marcharte, te habría preparado una cesta con toda tu ropa. ¿Quién te preparará el traje de los domingos? Ninguno de los que están aquí. Te quedarás solo. ¿Quién te lavará la camisa, hijo mío? Te la lavarán la lápida y la tierra. ¿Y quién te la podrá planchar? Te la plancharán la lápida y la tierra. ¿Quién te despertará, hijito mío, cuando esté entrado el día? Ahí abajo es siempre sueño, es siempre noche oscura

(Pier Pasolo Pasolini, adaptación de un canto en griego salentino para el corto documental de Cecilia "Stendalì, suonano ancora". La traducción es mía).



2 de marzo de 2018

Poemas de Frank O'Hara


Según lo planeado

Tras el primer vaso de vodka
puedes aceptar más o menos cualquier cosa
de la vida incluso tu propio misterio
crees que es bonito que una caja
de cerillas sea morada y marrón y se llame
La Petite y proceda de Suecia
puesto que son palabras que conoces y eso
es todo lo que conoces palabras no sus sentimientos
o lo que significan y escribes porque
las conoces no porque las entiendas
porque no lo haces eres tonto y perezoso
y nunca serás uno de los grandes pero te dedicas
a aquello que conoces porque ¿qué más hay?




Canción

Estoy atrapado en un taxi en un atasco
algo bastante típico
y no solo de la vida moderna

el fango trepa el enrejado de mis nervios
¿tienen que acabar con Venus los amantes de Eros
muss es sein? es muss nicht sein, te lo digo yo

odio la enfermedad, es como una preocupación
que se hace realidad
y que ha de impedirse que suceda

en un mundo donde tú eres posible
amor mío
nada malo puede sucedernos, dímelo

(Traducción de Andrés Catalán)

[En la última Nayagua, estos poemas y algunos más de Frank O'Hara, aquí:]


12 de diciembre de 2017

Un poema de George Herbert (1593-1633)



LA SUTILEZA

Señor, un verso no es una corona,
ni un halcón, un festín o una gran fama,
ni una cuestión de honor, ni buena ropa,
ni una decente espada, ni un laúd.


Nada sabe de saltos, bailes, juegos;
nunca estuvo en España, nunca en Francia;
ni entretiene los días de igual forma
que un establo surtido o una hacienda.

No es un cargo, ni es arte, ni es noticia;
no es la Bolsa, ni una audiencia abarrotada:
es algo con lo que, mientras lo uso,
me acompañas: y el que más es todo se queda.

(George Herbert, 1593-1633)
(Traducción de Andrés Catalán)
Original, aquí.



15 de noviembre de 2017

Más allá de los Alpes, de Robert Lowell


Más allá de los Alpes

(En el tren de Roma a París, 1950, el año en que Pío XII definió el dogma de la ascensión física de María)

Mientras leía que hasta los suizos habían tirado la esponja
una vez más y el Everest seguía aún
sin escalar, veía a nuestro coche cama de París arremeter
soñoliento por la pajiza nieve de los Alpes.
¡Oh bella Roma! Vi a los camareros avanzar
de puntillas por el tren golpeando sus gongs.
La vida se convirtió en paisaje. Muy a mi pesar
dejé en su sitio a la Ciudad de Dios.
En ella Mussolini, loco por las faldas, desplegaba
el águila de César. Era uno de los nuestros,
solo uno más, pura prosa. Envidio el ostentoso
derroche de nuestros abuelos en sus grandes tours:
sabios victorianos de pelo largo que aprobaban el universo,
mientras dilapidaban su herencia por el mundo.

Cuando el Vaticano decretó el dogma de la Asunción de María,
las muchedumbres en San Pietro gritaron Papa.
El Santo Padre dejó caer su espejo de afeitar
y prestó atención. Ronroneaba su maquinilla,
trinaba el canario sobre su mano izquierda.
Las luces de la ciencia no le llegaban a los talones
a la asunta María: ¡de golpe y milagro, alada
como un ángel, hermosa como un ave exótica!
Pero ¿quién se creía esto? ¿Quién iba a entenderlo?
Los peregrinos besaban aún la broncínea sandalia de San Pedro.
El cráneo linchado, desnudo y pateado del Duce hablaba todavía.
Dios arreaba a su pueblo hacia el coup de grâce:
la ataviada guardia suiza inclinó sus picas para abrirse paso,
oh Pío, a través de la monstruosa masa humana...

Nuestro tren alpinista había vuelto a tierra.
Cansado del quejumbroso cuchicheo de las ruedas,
el ego de ojos adormilados que pateaba en mi litera
se tranquilizó, y vi a Apolo plantar los talones
en terra firma atravesando el muslo de la aurora...
cada Alpe dejado atrás, perdido, un Partenón,
una cauterizada cuenca del ojo del cíclope.
No había billetes para aquellas alturas
que antes poseía la Hélade, cuando la Diosa se alzaba,
príncipe, papa, filósofo y rama dorada,
pura razón y homicidio en la proa segadora:
Minerva, aquel aborto del cerebro.

Y ahora París, nuestro clásico negro, se disgrega
como reyes asesinos en una copa etrusca.

(Robert Lowell, Poesía completa 1, edición y traducción de Andrés Catalán, Vaso Roto, 2017).