9 de diciembre de 2018

Nueve poemas de Russell Edson



LUCHA EN LA PRADERA

Se abre el telón: es un día de verano. Una vaca en una verde colina observa cómo un toro se dedica a embestir un viejo avión en una pradera. El toro perfora la estructura del avión con los cuernos...
            De repente el motor del avión arranca; la pradera es toda humo azul oscuro...
            El avión se da la vuelta y se enfrenta al toro que embiste.
            Al acercarse el toro la hélice le corta el extremo del hocico. Los ollares sanguinolentos, con un anillo atravesándolos, son lanzados a la hierba junto con un destrozado florecimiento de dientes.
            El toro, la sangre rezumando del muñón de la cara, retrocede, y embiste de nuevo. Esta vez la hélice atrapa al toro tras su mandíbula inferior y envía la cabeza a un árbol.
            El toro sin cabeza retrocede una vez más, y embiste de nuevo. La hélice golpea al toro sin cabeza, cortando el cuerpo en un gran halo de sangre, hasta que solamente las patas traseras quedan en pie. Estas huyen ampliamente a través de la pradera haciendo ochos y zigzagueando, hasta que al fin se encuentran de nuevo con el avión. Según se acercan corriendo la hélice las parte de un golpe.
            Las piernas, una con el rabo aún unido a ella, la otra conservando de alguna manera tanto el recto como los testículos, se escabullen en direcciones opuestas.
            El avión les da la espalda; el motor se detiene.
            Las sombras de repente se perciben más alargadas.
            La vaca que observaba empieza a agacharse...


 LAS ANDANZAS DE UNA TORTUGA


            La tortuga lleva a cuestas su casa. Es tanto la casa misma como la inquilina de esa casa.
            Pero en realidad, bajo la concha hay una pequeña habitación en donde la verdadera tortuga, en calzoncillos largos, se sienta a una mesita. A un extremo de la habitación una serie de palancas salen de unas ranuras en el suelo, como los controles de una excavadora. Es con estas con las que la tortuga controla las patas de su casa.
            La mayor parte del tiempo la tortuga se sienta bajo el techo inclinado de su habitación de tortuga a leer catálogos en la mesita en la que arde una vela. Se apoya en un codo, y luego en el otro. Cruza una pierna, y luego la otra. Finalmente bosteza y entierra la cabeza bajo un brazo y se duerme.
            Si siente que un niño ha agarrado su casa rápidamente apaga la vela y corre a las palancas de control y activa las patas de su casa y trata de escapar.
            Si no logra escapar repliega las patas y retrae la así llamada cabeza y espera. Sabe que los niños son descuidados, y que se presentará un momento en que será libre de trasladar su casa hasta algún lugar apartado, donde volverá a encender la vela, sacará sus catálogos y leerá hasta que al final bostece. Después enterrará la cabeza bajo el brazo y se dormirá... Esto es, hasta que otro niño coja su casa...


 CONSIDEREMOS


            Consideremos el granjero que hace de su sombrero de paja su novia; o la anciana que hace de la lámpara de pie su hijo; o la joven que se impone a sí misma la tarea de sacar raspando su propia sombra de una pared...

            Consideremos la anciana que se calzó unas lenguas ahumadas de vaca por zapatos y recorrió una pradera recogiendo boñigas de vaca en su delantal; o el espejo oscurecido con el tiempo al que entregaron a un hombre ciego que se pasó las noches mirándolo, lo que entristecía a su madre, que su hijo estuviera tan ensimismado en su propia vanidad...

            Consideremos el hombre que se frió unas rosas para cenar, cuya cocina olía como un jardín de rosas en llamas; o el hombre que se disfrazó de polilla y se comió el abrigo, y de postre se sirvió un helado de sombrero...


CONTAR OVEJAS

            Un científico tiene un tubo de ensayo lleno de ovejas. Se pregunta si debería tratar de reducir para ellas una pradera.
            Son como granos de arroz.
            Se pregunta si es posible reducir algo hasta que deje de existir.
            Se pregunta si las ovejas serán conscientes de su pequeñez, si tendrán algún sentido de la escala. Quizá crean que el tubo de ensayo es un establo de vidrio...
            Se pregunta qué debería hacer con ellas; sin duda tienen menos carne y lana que las ovejas corrientes. ¿Habrá hecho decrecer su valor comercial?
            Se pregunta si podrían usarse como sustitutos del arroz, una especie de arroz lanoso...
            Se pregunta si no debería de restregarlas entre los dedos hasta convertirlas en una pasta roja.
            Se pregunta si estarán reproduciéndose, o si alguna de ellas habrá muerto.
            Las coloca bajo un microscopio, y se queda dormido contándolas.


EL OTOÑO

            Érase un hombre que encontró dos hojas y entró en casa sujetándolas con los brazos extendidos diciéndole a sus padres que era un árbol.

            A lo que ellos respondieron sal al jardín y no crezcas en el cuarto de estar porque tus raíces podrían echar a perder la alfombra.

            Les dijo estaba haciendo el tonto no soy un árbol y dejó caer las hojas.

            Pero sus padres dijeron anda mira estamos en otoño.


SIMIO

            No te has terminado tu simio, le dijo madre a padre, que tenía pelo de mono y sangre en las barbas.
            Suficiente mono, gritó padre.
            No te comiste las manos, y me tomé la molestia de hacer aritos de cebolla para los dedos, dijo madre.
            Picaré un poquito de su frente, y después será suficiente, dijo padre.
            Le he rellenado la nariz con ajo, tal y como te gusta, dijo madre.

            ¿Por qué no haces que el carnicero te trocee estos simios? Lo pones entero en la mesa cada noche; el mismo cráneo fracturado, la misma piel chamuscada, como alguien que hubiera muerto horriblemente. Esto no son cenas, son disecciones post-mortem.

            Prueba un pedacito de encía, le he rellenado la boca de pan, dijo madre.
            Agh, parece una boca llena de vómito. ¿Cómo voy a hincarle el diente a la mejilla con el pan derramándosele de la boca? gritó padre.
            Parte una de las orejas, están tan crujientes, dijo madre.

            Daría lo que fuera por que les pusieras calzoncillos a estos simios; aunque fuera un suspensorio, aulló padre.
            Padre, cómo te atreves a insinuar que veo al simio como algo más que simple carne, aulló madre.
            Bueno, ¿qué hay de esa cinta atada en un lazo en sus partes nobles? aulló padre.

            ¿Estás diciendo que estoy enamorada de esta criatura inmunda? ¿que rendiría mi abertura de mujer a esta bestia? ¿Que después de que hubiéramos hecho el amor en el suelo de la cocina lo metería en el horno, tras romperle la cabeza con una sartén; y que se lo serviría después a mi marido, para que mi marido se comiera las pruebas de mi infidelidad...?

            Solo digo que estoy jodidamente harto de cenar simio cada noche, gritó padre.


UNA REPRESENTACIÓN EN EL TEATRO DE LOS PUERCOS

            Había una vez un teatro de los puercos en el que los puercos actuaban como hombres, si los hombres hubieran sido puercos.

            Un puerco dijo: seré un puerco en un campo que ha encontrado un ratón que está siendo devorado por el mismo puerco que está en el campo y que ha encontrado al ratón, el cual estoy representando como parte de mi contribución al arte de la actuación.

            Oh seamos puercos sin más, gritó un viejo puerco.

            Y así los puercos salieron en tropel del teatro gritando, solo puercos, solo puercos...

 


UN DESAYUNO HISTÓRICO

            Un hombre se está acercando una taza de café al rostro, inclinándola hacia su boca. Es histórico, piensa. Se rasca la cabeza: otro suceso histórico. Realmente debería descansar, está haciendo un tremendo montón de historia esta mañana.
            Ay Dios, ahora está untando mantequilla en la tostada, otro pedazo de historia se está forjando.
            Se pregunta por qué habrá recaído en él lo de ser tan histórico. Probablemente los demás simplemente no estén a la altura, piensa, es, después de todo, un talento.
            Se le ocurre que uno de sus cordones necesita que lo aten. En fin, otro importante suceso histórico está a punto de tener lugar. Sencillamente no puede evitarlo. ¿Quizá esté comprometiendo un área demasiado grande de la historia? Pero tiene que vivir, ¿no? Las tostadas necesitan mantequilla y uno no puede ir por ahí con uno de sus cordones necesitando ser atado, ¿no?
            No hay ninguna duda, cuando escriban acerca de todo el siglo XX este tratará sobre todo de él. No hay más tu tía. Ah, he ahí la frase que será citada durante los siglos que vendrán.
            ¿Cohibido? Un poco; como no iba a estarlo con todos esos aún no nacidos ojos del futuro observándolo?
            Oh oh, percibe otro suceso histórico aproximándose... Ah, aquí está, una taza de café acercándose a su rostro desde el extremo de su brazo. Si tan solo fueran capaces de grabarlo en video, qué importancia tendría para el futuro. Ups, se lo ha tirado todo por el regazo. Uno de esos accidentes históricos que ejercerán su influencia los próximos mil años; impredecible, y realmente bastante molesto... Pero la historia no es cosa fácil, piensa...

 

PADRE PADRE, ¿QUÉ ES LO QUE HAS HECHO?

            Un hombre sentado a horcajadas en lo alto de su tejado grita, arre. La casa se levanta sobre el porche trasero y todos los ladrillos se desmoronan y la casa se derrumba sobre el suelo.
            Su mujer grita desde los escombros, padre padre, ¿qué es lo que has hecho?

(Traducción de Andrés Catalán) 


22 de agosto de 2018

Dos textos de P.P. Pasolini / Cecilia Mangini


Más allá de la ciudad nace una nueva ciudad, nacen nuevas leyes allí donde la ley es el enemigo, nace una nueva dignidad donde ya no hay dignidad, nacen jerarquías y convenciones despiadadas en la extensión de parcelas, en las zonas sin límite donde te parece que acaba la ciudad, que vuelve a empezar, sin embargo, vuelve a empezar enemiga miles de veces, en laberintos polvorientos, en frentes de casas que cubren horizontes enteros.
Ser pobre, ser humilde, dormir en una pequeña habitación de diez en diez, tener un padre con la misma ropa desde hace diez años, tener una madre que grita por la casa como los hombres, tener hermanos con los que hablar solo para discutir o pelearse, no conocer nada que no sea el propio barrio, no tener más que cuatro amigos vagabundos, no reconocer ninguna fe.
No tener una lira para el tranvía, arrastrar los pies por las aceras, sentarse sobre la hierba sucia y los cascotes, consolarse siendo un desalmado.
Haber caído del seno de la madre al fango y al polvo de un desierto que los quiere libres y solos, haber crecido en un bosque donde los hijos luchan con los hijos para educarse en la vida de los adultos, ser niños en una ciudad hecha para la piedad y la riqueza sin conocer otra cosa que la propia hambre.
El trabajo: cien liras para la madre y cien liras para divertirse. De corazón no se hace otra cosa que divertirse. La ciudad es una tentación. Al chaval de la calle que se desloma por ganar cien liras no le gusta trabajar: ha nacido cansado.
De los chavales de la calle todos ignoran el alma ligera y alegre que tienen. Son cínicos, demasiado experimentados, dispuestos a todo, pero es suficiente con una camiseta y un par de zapatos, porque resulta que también el más chulo tiembla.
Algún robo, algún atraco. Así terminan a veces en Porta Portese, en su prisión. Allí adentro pierden la voz de fumar. Los camaradas de afuera saben que por un paquete de cigarrillos harían casi cualquier cosa.
Amor, consuelo de la miseria. En la facilidad del amor el desposeído se siente hombre. Los jóvenes se lanzan a la aventura seguros de estar en un mundo que les tiene, a ellos, a su sexo, miedo.
Su piedad está en ser despiadados. Su inocencia en su vicio. Su fuerza en la ligereza. Su esperanza en no tener esperanza.
Están llenos de espíritu. Sus apodos son Baficchio, Luccicotto, Rondone, Zimmi'o, Fumetto, Paino, Rabadicchio, Lumacone, Candeletta, Chinotto, Sciacallo, Gricio, Buretta, Budda, Capinera, Cippa, Pallino, Pomodoro, Pluto, Rospetto, Bidone, Zu, Zagottone, Nasca, Branda, Spinoso, Pazzia, Brooklyn, Droga.
Algún robo, algún atraco. Especialmente en Pascua o Navidad, para disfrutar las fiestas. Estos nacidos en la miseria, de viejas familias de sirvientes o artesanos, o venidos del sur, o que han terminado aquí provenientes del norte, este ejército acampado tras los aguazales y los terraplenes, pasos elevados y viaductos desconchados, estos miles de rebeldes y de violentos están en realidad demasiado resignados, transforman demasiado a menudo las injusticias en una antigua y vital alegría.

(Pier Paolo Pasolini, texto para el corto documental de Cecilia Mangini "Ignoti alla città". La traducción es mía).

***

Llorad, madres que tenéis hijos, llorar con todo vuestro dolor, que os salga de las hojas del alma que os abandonan antes de tiempo. Viene la muerte que no nos respeta, que a todos nos ha señalado. Llorad con luto, llorad pequeños, llorad grandes, llorad muchachos, esta flor se quedó sin fuerza y tenía tan solo dieciséis años. Yo te esperaré, yo, oh hijito mío, te esperaré hasta las tres, cuando vea que no vienes correré a buscarte al jardín y al patio. Yo te esperaré, yo, oh hijito mío, te esperaré hasta las cinco, cuando vea que no vienes correré a buscarte entre todos los familiares. Yo te esperaré, yo, oh hijito mío, te esperaré hasta las nueve, cuando vea que no vienes, perderé toda esperanza y si veo que no vienes y a las diez no apareces, a las diez me convertiré en tierra, en tierra, en tierra para sembrar. Yo te esperaré, yo, oh hijito mío, te esperaré hasta que acabe el año, y cuando vea que no vienes me ennegreceré como el hollín. Y tú, corazón quemado, llora, llora, grita siempre como un buey salvaje que te has quedado sin luz en el mundo. Si me hubieses dicho, hijito mío, que estabas a punto de marcharte, te habría preparado una cesta con toda tu ropa. ¿Quién te preparará el traje de los domingos? Ninguno de los que están aquí. Te quedarás solo. ¿Quién te lavará la camisa, hijo mío? Te la lavarán la lápida y la tierra. ¿Y quién te la podrá planchar? Te la plancharán la lápida y la tierra. ¿Quién te despertará, hijito mío, cuando esté entrado el día? Ahí abajo es siempre sueño, es siempre noche oscura

(Pier Pasolo Pasolini, adaptación de un canto en griego salentino para el corto documental de Cecilia "Stendalì, suonano ancora". La traducción es mía).



2 de marzo de 2018

Poemas de Frank O'Hara


Según lo planeado

Tras el primer vaso de vodka
puedes aceptar más o menos cualquier cosa
de la vida incluso tu propio misterio
crees que es bonito que una caja
de cerillas sea morada y marrón y se llame
La Petite y proceda de Suecia
puesto que son palabras que conoces y eso
es todo lo que conoces palabras no sus sentimientos
o lo que significan y escribes porque
las conoces no porque las entiendas
porque no lo haces eres tonto y perezoso
y nunca serás uno de los grandes pero te dedicas
a aquello que conoces porque ¿qué más hay?




Canción

Estoy atrapado en un taxi en un atasco
algo bastante típico
y no solo de la vida moderna

el fango trepa el enrejado de mis nervios
¿tienen que acabar con Venus los amantes de Eros
muss es sein? es muss nicht sein, te lo digo yo

odio la enfermedad, es como una preocupación
que se hace realidad
y que ha de impedirse que suceda

en un mundo donde tú eres posible
amor mío
nada malo puede sucedernos, dímelo

(Traducción de Andrés Catalán)

[En la última Nayagua, estos poemas y algunos más de Frank O'Hara, aquí:]


12 de diciembre de 2017

Un poema de George Herbert (1593-1633)



LA SUTILEZA

Señor, un verso no es una corona,
ni un halcón, un festín o una gran fama,
ni una cuestión de honor, ni buena ropa,
ni una decente espada, ni un laúd.


Nada sabe de saltos, bailes, juegos;
nunca estuvo en España, nunca en Francia;
ni entretiene los días de igual forma
que un establo surtido o una hacienda.

No es un cargo, ni es arte, ni es noticia;
no es la Bolsa, ni una audiencia abarrotada:
es algo con lo que, mientras lo uso,
me acompañas: y el que más es todo se queda.

(George Herbert, 1593-1633)
(Traducción de Andrés Catalán)
Original, aquí.



15 de noviembre de 2017

Más allá de los Alpes, de Robert Lowell


Más allá de los Alpes

(En el tren de Roma a París, 1950, el año en que Pío XII definió el dogma de la ascensión física de María)

Mientras leía que hasta los suizos habían tirado la esponja
una vez más y el Everest seguía aún
sin escalar, veía a nuestro coche cama de París arremeter
soñoliento por la pajiza nieve de los Alpes.
¡Oh bella Roma! Vi a los camareros avanzar
de puntillas por el tren golpeando sus gongs.
La vida se convirtió en paisaje. Muy a mi pesar
dejé en su sitio a la Ciudad de Dios.
En ella Mussolini, loco por las faldas, desplegaba
el águila de César. Era uno de los nuestros,
solo uno más, pura prosa. Envidio el ostentoso
derroche de nuestros abuelos en sus grandes tours:
sabios victorianos de pelo largo que aprobaban el universo,
mientras dilapidaban su herencia por el mundo.

Cuando el Vaticano decretó el dogma de la Asunción de María,
las muchedumbres en San Pietro gritaron Papa.
El Santo Padre dejó caer su espejo de afeitar
y prestó atención. Ronroneaba su maquinilla,
trinaba el canario sobre su mano izquierda.
Las luces de la ciencia no le llegaban a los talones
a la asunta María: ¡de golpe y milagro, alada
como un ángel, hermosa como un ave exótica!
Pero ¿quién se creía esto? ¿Quién iba a entenderlo?
Los peregrinos besaban aún la broncínea sandalia de San Pedro.
El cráneo linchado, desnudo y pateado del Duce hablaba todavía.
Dios arreaba a su pueblo hacia el coup de grâce:
la ataviada guardia suiza inclinó sus picas para abrirse paso,
oh Pío, a través de la monstruosa masa humana...

Nuestro tren alpinista había vuelto a tierra.
Cansado del quejumbroso cuchicheo de las ruedas,
el ego de ojos adormilados que pateaba en mi litera
se tranquilizó, y vi a Apolo plantar los talones
en terra firma atravesando el muslo de la aurora...
cada Alpe dejado atrás, perdido, un Partenón,
una cauterizada cuenca del ojo del cíclope.
No había billetes para aquellas alturas
que antes poseía la Hélade, cuando la Diosa se alzaba,
príncipe, papa, filósofo y rama dorada,
pura razón y homicidio en la proa segadora:
Minerva, aquel aborto del cerebro.

Y ahora París, nuestro clásico negro, se disgrega
como reyes asesinos en una copa etrusca.

(Robert Lowell, Poesía completa 1, edición y traducción de Andrés Catalán, Vaso Roto, 2017).