17 de septiembre de 2014

Frank O'Hara+Michael Goldberg


POR QUÉ NO SOY PINTOR

No soy pintor, soy poeta.
¿Por qué? Creo que preferiría ser
pintor, pero no lo soy. Bueno,
por ejemplo, Mike Goldberg
ha empezado un cuadro. Me paso por allí.
"Siéntate y tómate algo" me
dice. Bebo; bebemos. Alzo
la vista. "Has escrito SARDINAS".
"Sí, le hacía falta algo ahí".
"Ah." Y me voy y pasan los días
y me vuelvo a pasar por allí. El cuadro
marcha, y yo me voy, y los días
pasan. Me paso a verlo. El cuadro
está acabado. "¿Qué sucedió con SARDINAS?"
Todo lo que queda son
letras, "Era demasiado", dice Mike.

¿Pero y yo? Un día estoy pensando en
un color: naranja. Escribo un verso
acerca del naranja. Muy pronto es una
página entera de palabras, no unos versos.
Después otra página. Debería de haber
mucho más, no solo del naranja, de
palabras, de lo terrible que es el naranja
y la vida. Los días pasan. Incluso es en
prosa, soy un verdadero poeta. Mi poema
está acabado y no he mencionado
aún el naranja. Son doce poemas, lo titulo
NARANJAS. Y un día en una galería
veo el cuadro de Mike, titulado SARDINAS.

(Frank O'Hara)
(Traducción de Andrés Catalán) 
(Original, aquí)

'Sardines', de Michael Goldberg, Smithsonian American Art Museum

31 de agosto de 2014

"La muerte", de Fabrizio de André


LA MUERTE

La muerte vendrá de repente,
tendrá tus labios, tus ojos,
te cubrirá con un velo blanco
y se quedará dormida a tu lado.
Holgando, soñando, en batalla,
vendrá sin previo aviso,
la muerte va a golpe seguro,
ni toca el cuerno ni el tambor.

Señora que en límpida fuente
refresca sus fabulosos miembros,
la muerte no te mirará de frente,
tendrá tu pecho, tus brazos.

Prelados, notables y condes
que en el umbral llorasteis bien fuerte,
quien bien dirige su vida
mal soportará su muerte.

Granujas que sin vergüenza
llevasteis el cilicio o la picota,
vuestra partida no supuso un esfuerzo
porque la muerte es vuestra amiga.

Guerreros que cercados por las lanzas
desde las tierra de Oriente hasta Francia
de la masacre obtuvisteis gran mérito
y de los enemigos el luto y el llanto,

en frente de la última enemiga
ni vale coraje ni esfuerzo,
ni sirve apuntarle al corazón
porque la muerte no muere nunca.

(Fabrizio de André)
(Traducción de A. Catalán)





22 de agosto de 2014

John Ruskin: un poema


LAS COLINAS DE CARRARA

En medio de un valle de hojas florecientes
    donde la vid alarga su raíz sinuosa
y abultada se abate la gavilla otoñal
    y los olivos derraman su atezado fruto,
    y vientos leves, y aguas nunca mudas,
hacen de jóvenes ramas y guijarros límpidos
    un laúd universal.
Y aves vivaces, por el oscuro soto de mirto,
perforan con breves notas, y un plumaje bañado de rocío,
el silencio y la sombra de las sosegadas avenidas.

II

Lejos en la profundidad de cielos sin voz
    donde calmas y frías se esparcen las estrellas,
se alzan los cerros de la pálida Carrara.
    No hay ruido ni tormenta, ni rudo torbellino,
que puedan quebrar su serenidad de mármol solitario;
    los relámpagos carmesí en torno de sus cimas
podrán sostener sus fogosas disputas:
    ni escuchan ni responden; su venturoso descanso
no lo adornan cogollos, ni verdes pastos, ni el aliento
de cosa moviente alguna altera su atmósfera de muerte.

III

Pero más abajo, en un sueño plegado,
    se extienden borrosas formas de vida celestial
de pálidos ceños y ojos vagos, sumidos
    en una dulce paz de sombra somnolienta,
cuyos miembros retorcidos, ataviados de roca,
    descienden como olas blancas sobre el humano pensamiento,
manifestado en sueños intranquilos;
    en sus secretos hogares de deseada duermevela,
se elevan inmortales, hijos del día,
brillando con divinas formas en la tierra, y en su ruina.

IV

Sí, donde los brotes tienen su origen más brillante,
    donde ampliamente reluce un florecer de oro,
allí se desliza la serpiente y se afana el gusano
    y negra la tierra se extiende por debajo.
¡Ah! no pretendas conocer el alma de los hombres;
    que visten con aparentes sonrisas sus baldíos parajes;
las palabras que se toman a broma el infortunio
    despiertan no con menos ligereza, pese al corazón roto,
al corazón burlón, que apenas se atreve confesar
incluso para sí, la fuerza de su propia amargura.
Ni juzgues que aquellos de frías palabras,
    los de frentes oscuras, los de corazón de acero,
con la fuerza acostada, furtiva, solapada,
    de pensamientos que ocultan y punzadas que sienten,
    necesiten de una cavilación en respuesta para romper su sello,
¿quién puede saber qué olas batirán el mar callado,
    bajo el pobre llamamiento
desde costas lejanas, de un viento que no sientes?
Qué sonidos se despertarán dentro de la caracola,
sensible al encanto de quien sabe tocarla.

(John Ruskin)
(Traducción, Andrés Catalán)
(Original, aquí)






PD: En Vaso Roto apareció hace unos meses un estupendo volumen donde Jordi Doce recoge y traduce una selección de sus pensamientos. Aquí.







8 de agosto de 2014

De Lars Gustafsson

Recupero la nota introductoria que añadimos Neila García y yo a los poemas de Lars Gustafsson en el número 106 de Clarín (julio-agosto de 2013). Y añado un poema nuevo.


LAS EQUÍVOCAS TRANSPARENCIAS DE LARS GUSTAFSSON

"Aunque conocido fundamentalmente como novelista, Lars Gustafsson (Västerås, Suecia, 1936), autor de Muerte de un apicultor (1978; Nórdica Libros, 2006), es sin embargo un prolífico escritor que ha frecuentado todos los géneros. Incluido por Harold Bloom en su canon occidental, autor de más de cincuenta títulos entre ensayo y prosa, ha publicado además alrededor de veinticinco poemarios desde 1962, cuando vio la luz su Ballongfararna [Los aeronautas], hasta su último Elden och döttrarna [El fuego y las hijas] de 2012. Tal incesante -casi excesiva- actividad literaria no le ha impedido ser, además, uno de los polemistas más activos de Suecia: su oposición y críticas a la izquierda y a la burocracia acabaron motivando en 1983 la salida definitiva de un país en el que no podía considerarse ya más que un outsider. Establecido en Austin (Texas), se dedicó a la enseñanza de filosofía y cultura germánica en la universidad hasta que, en 2006, decidió volver a Suecia. El hecho de ser hoy día un habitante de la ciudad de Estocolmo no quiere decir que haya abandonado el cariz polémico de sus intervenciones: en 2009 apoyó públicamente al controvertido Partido Pirata sueco, que logró en las elecciones al Parlamento Europeo de ese año dos escaños con el 7% de los votos.

Pensador y filósofo, doctorado en filosofía teórica por la Universidad de Uppsala, interesado sobre todo en la construcción de la identidad personal y en la relación entre realidad y ficción, algunos de sus poemas podrían calificarse como filosóficos, pero esta carga (si podemos llamarla así) no intimida en modo alguno al lector: su poesía es ligera a pesar de manejar conceptos complejos, transparente como el aire de Suecia, como un perlado mueble de IKEA que escondiera tras su sencilla estructura y su pulida, dócil superficie un conglomerado apanalado de ideas. Como sucede con los poemas del premio Nobel Tomas Tranströmer, la sintaxis, el léxico, son sencillos; pero, como sucede con algunos vasos de agua aparentemente inofensivos, en esa claridad se agazapa a veces el misterio, el enigma cuyo vislumbre solo se le ofrece a quienes han hecho de la atención a las cosas más simples una obligación constante. Gustafsson no trata de acceder a la realidad interpretando lo que ve como una metáfora, sino que prefiere la mayor parte de las veces tratar de presentarlas de la forma más desnuda posible. Y en esa desnudez sugerir o jugar con sus significados. ¿A qué realidades atiende especialmente Gustafsson? En el prólogo a la antología americana de sus poemas titulada The stillness of the world before Bach (1988), Christopher Middleton trataba de elaborar un mínimo catálogo alfabético de los dispares y múltiples intereses a los que atendía tanto en sus novelas como en su poesía: acústica, aeronáutica, apicultura, arquitectura, ballet, climatología, cocina, filosofía, física, geología, esoterismo, identidad, informática, lingüística, matemáticas, música, ornitología, pintura, política, psicología, sexualidad, submarinos, tenis, teoría de información, utopías y zoología: los objetos de semejante campo de inquietudes se intercalan, dialogan, se reinventan y luchan en la mente que los explora y se plasman así, interconectándose mientras las perspectivas cambian y las relaciones se rehacen a la vez que se presentan, creciendo en número con cada nueva novela y poemario (una novela, dirá, es una casa; un poema es un hombre que recorre  uno de sus pasillos).

Sencillez, distanciamiento filosófico y acumulación de erudición no quieren decir que los poemas de Gustafsson sean fríos o faltos de experiencia humana. Cuando en 2005 fue invitado por el Festival Internacional de Rotterdam a pronunciar el tradicional discurso en defensa de la poesía, una característica le parecía indispensable: “en un mundo en el que casi la totalidad de la comunicación tiende hacia una perspectiva en tercera persona, esta perspectiva en primera persona [la de la poesía] cobra una importancia obvia por el hecho de ser simplemente algo poco común”. El lenguaje, dirá Gustafsson, puede que sea impersonal, incluso mecánico, pero alberga en sí la posibilidad de la expresión musical, de poder otorgar voz a la experiencia más íntima. Es la capacidad lógica de la poesía (que no estéril racionalidad) la que le interesa. La tradicional asociación romántica de la poesía con los sentimientos y la efusión resulta en su opinión en una “estética de pasta de dientes”: el poeta sería así un tubo dentífrico en cuyo interior habita la pasión y una vida emocional inestable; cuando presionamos el tubo, los sentimientos salen, mostrándose en una forma poética. Nada más alejado de la poesía, según Gustafsson. En ese mismo discurso desarrollaba por otro lado una comparación interesante: la poesía es como las matemáticas. Desde la antigüedad ambas forman parte de la humanidad de una forma destacada y a la vez selecta; ninguna de las dos es precisamente fácil de aprender, y no siempre son muy populares; decir “soy un poeta” y decir “soy un matemático” resulta igualmente pretencioso; las publicaciones en torno a las matemáticas y la poesía ven la luz en revistas económicamente inviables si no estuvieran apoyadas por agentes externos; el éxito en ambos campos no significa necesariamente un alcance de público amplio, sino que interesará tan solo a aquellos asiduos a esas publicaciones... y sin embargo nadie se preocupa de la necesidad de tener que defender las matemáticas. ¿De qué y por qué deberíamos sentirnos obligados a defender la poesía? ¿Necesita que la defendamos?

Los poemas de Gustafsson son artefactos juguetones y lúcidos en los que a veces el acentuado lirismo es aligerado por el tono filosófico, y a veces la aparente sencillez y sobriedad gana profundidad gracias a las sucesivas capas de pensamiento que este oculta. Como los viejos barcos "que rompen sus amarres durante la temprana / tormenta de otoño / y flotan a la deriva, / pesados, medio llenos de agua, / melancólica / y silenciosamente filosóficos / hasta que acaban pudriéndose rodeados de juncos", los poemas de Gustafsson se deslizan de lo anecdótico a lo sublime, de la sencilla limpieza invernal a la oscura complejidad humana."

(Andrés Catalan & Neila García, Clarín, nº 106, 2013)

****

ARISTÓTELES Y EL CANGREJO

Fuimos a comprar gusanos de cebo
a una tienda que anunciaba a las claras su función.

Encontramos lo que estábamos buscando:
gordos, trémulos gusanos de la harina,

del tipo que parecen preferir los peces de aquí.
Pero en medio del lugar había una enorme

vasija anticuada: azul, redondeada, y llena de
cangrejitos. Mi hijo pequeño estaba desconsolado

por tener que dejar aquellas criaturas fabulosas.
Compramos dos y los soltamos

en nuestro limpio, resplandeciente acuario
en el que los peces de colores se movían solemnemente

como viejos poetas por una academia ilustre. Y mirad,
una gran oscuridad descendió sobre todas las cosas;

discusiones y debates se llevaron a cabo
más allá de nuestra compresión; solo las algas

que llegaban a la superficie daban testimonio
de la lucha en las ocultas profundidades.

Al tercer día, las aguas se aclararon nuevamente.
Todo como antes. Pero no había cangrejo alguno

que ver. Decidimos que ahora estarían viviendo
como ermitaños, con una mayor sabiduría,

una existencia apartada de la vida pública
a mucha profundidad bajo el lecho del fondo.

Así es como lo dejamos, hasta que un día
abrí mi Aristóteles

y me topé con el insignificante cuerpo de un cangrejo,
plano como una planta en un herbario,

justo en el pasaje en el que el Filósofo
habla de la memoria y del recuerdo

de sucesos pasados. Y este capítulo,
una de las mejores cosas que nadie

ha escrito jamás de la memoria, estará
desde ahora en adelante asociado

con un olor nada fácil de olvidar:
cangrejos, ligeramente podridos.

(Lars Gustafsson)

(Traducción de Andrés Catalán)
 



6 de agosto de 2014

Tres reseñas de 'Ahora solo bebo té'


Luis Bagué Quílez, suplemento "Babelia" del diario El País, 10/5/2014

En su segunda salida en solitario, Andrés Catalán (Salamanca, 1983) se perfila como una voz singular en la poesía española reciente. Entre la plasticidad de la imagen y la precisión de la palabra, Ahora solo bebo té (Premio “Emilio Prados”) despliega una galería en la que encontramos naturalezas muertas, trampantojos pop e incluso instalaciones audiovisuales. [...] 

Para leer más, en el blog de Bagué Quílez, aquí.

Carlos Alcorta, Quimera, nº 367, junio de 2014

Que Ahora sólo bebo té lo encabece una cita de Robert Hass no es asunto que deba pasar inadvertido, porque la labor de traducción que Andrés Catalán ejerce traspasa sus demarcaciones e influye —de manera quizá sutil, pero inevitable— en la escritura de sus propios poemas. Es notable la influencia de la poesía norteamericana, pero no de la que abandera el Ashbery más impenetrable, sino aquella conformada por poetas de dicción más contenida, en los que la elocuencia irracional está tutelada, cuando existe, por un lenguaje apegado a la realidad congruentemente formulado —poetas como Strand o Simic, e incluso otros cuyo discurso es más narrativo, como Billy Collins o Sthepen Dunn. [...]

Para leer más, en el blog de Carlos Alcorta, aquí.





Agustín Pérez Leal, Turia, nº 111, 2014

La écfrasis o ecfrasis es el recurso retórico consistente en describir con minucia y detenimiento una obra artística, real o no, muchas veces como forma de incidir en algún aspecto poco definido de lo narrado. Consiste, habitualmente, en un paréntesis descriptivo que, como sucede en la aventura de Don Quijote con el vizcaíno, suspende la acción y la sustituye por la detenida observación del objeto que la representa. El más venerable ejemplo de écfrasis es la descripción del escudo de Aquiles en el canto XVIII de la Ilíada; un papel similar cumple para la lengua castellana la descripción pormenorizada de la tienda de Alexandre en el anónimo libro del mismo nombre. Modernamente, Flaubert dio a la écfrasis patente de corso para engastarse en el decurso narrativo de la novela, y usó de ella repetidamente, sobre todas, en Madame Bovary. Proust, Robbe-Grillet y todo lo posterior dependerá, por supuesto, del lector y su equipaje de lecturas. Ese mismo lector, que ahora me honra con su atención, sabrá disculparme una introducción tan escolar y extemporánea si le digo que Andrés Catalán, autor del libro que vengo a comentar, es experto en el susodicho procedimiento retórico y, amén de traductor y poeta, ha dedicado sus energías de investigador a rastrear el empleo de la écfrasis en la poesía moderna y contemporánea. De ese modo consigna la frecuente presencia en la lírica de un recurso tradicionalmente ligado al ámbito narrativo, al tiempo que predica con el ejemplo en este sorprendente y bien dispuesto Ahora solo bebo té. El libro está dividido en tres secciones de considerable unidad formal y coherente intención. La primera de ellas, la que da título al conjunto, es toda una declaración de intenciones: la écfrasis heroica de los tiempos antiguos, la de los bibelots y ornatos del arte decimonónico, centra ahora su atención en un elemento humilde, fabricado en serie: una taza de té de porcelana roja; es decir: un objeto industrial, exactamente igual a otros miles como él, al que sólo las circunstancias que lo asocian a la voz lírica dota de una precaria singularidad. Poema tras poema, la mirada del poeta se detiene en esa taza por motivos aparentemente personales, sentimentales: se trata del último rastro, el pecio final de un fracaso amoroso. Con ello, cada vez que el poeta se refiere a la taza y al hábito adquirido de beber té en ella cifra en el objeto y en el acto todos los elementos emocionales de la historia amorosa. La taza y el beber se convierten así, sucesivamente, en resto de un naufragio, emblema, símbolo, sacramento, fetiche y mito del amor perdido. La imaginación del poeta la crea y recrea una y otra vez para, por fin, destruirla hecha añicos en un inevitable desenlace que convierte la sección en una larga, detenida metáfora del olvido. Un evidente tono elegíaco y reflexivo domina toda esta primera parte. Las referencias culturalistas se suman en ella al inicial prosaísmo que, como punto de partida, se convierte en una declaración de intenciones: la antigua retórica de los héroes y sus armas ha sido sustituida por el autoanálisis que se proyecta en una taza de té roja como la pasión, algo que se vacía, que tiene posos, y que se hará añicos como un corazón roto. Lo sorprendente, lo más valioso a mi entender de la propuesta, reside en las constantes metamorfosis que la mirada del poeta opera sobre la taza: forrada con pelo como el famosísimo juego de desayuno en piel de Meret Oppenheim, remite de inmediato a la Venus de Sacher-Masoch; sobre la mesa de la cocina, es un bodegón de Morandi; ausente su dueña, se convierte en sustituto del objeto de deseo. Su ausencia es la de la amada; pero también lo es su presencia, su entidad irreductible. La etimología de su nombre se refleja en la historia de amor y desamor que se vive a través de ella; y lo mismo sucede con la Historia, a la que el poeta acude como a un bálsamo: puesto que todo acaba y se extingue, el final ya está escrito y ya ha sido vivido y aceptado de antemano. Todo el conjunto es servido al lector mediante una lengua desmenuzada y rota, replegada en sí misma, deliberadamente fría y cerebral (léase el poema que da título al conjunto), y un verso seco que lo mismo juega a los entrecortados de la prosa que se enreda en las circunvoluciones del excurso meditativo. La taza cantada, única entre mil otras idénticas como la rosa única del Principito, se atisba y entrevera con citas de Wallace Stevens, T.S. Eliot, Nacho Vegas o Aníbal Núñez. El resultado, parejo a la metonimia fetichista que cifra en sorbos de té los besos perdidos, es la sustitución de la historia de amor y su fracaso por la repetida manipulación artística de una simple taza, objet trouvé, tema o pretexto para una veintena de variaciones que van del surrealismo al nouveau roman; de Zurbarán o Magritte al inevitable trencadís final. A fin de cuentas, queda el perfume de una historia de amor acaso sucedida, y los restos de un naufragio que responden a una taza también quizá existente. Nada de eso importa: ya nos dijo Machado que “No prueba nada / contra el amor que la amada / no haya existido jamás.” Quedan dos partes del libro. La segunda, de tono decididamente culturalista, recoge poemas centrados en la descripción de modos de pintar, obras plásticas y visitas a museos (Whistler, Hammershøi, Monet, Modigliani, Van Gogh, Velázquez…), anécdotas y leyendas acerca del acto creativo o la naturaleza de la creación artística. El tono sigue siendo reflexivo y mental; a veces el poeta teoriza en verso, o analiza con pulcritud de taxidermista el objeto y tema de su texto. Cierran el libro diez poemas y una coda en rendido homenaje a la obra plástica de Antonio López. En ellos, la voz del poeta oscila entre la minuciosa descripción, el análisis deconstructivo de la obra de referencia (Gran vía, clavel) y la observación de la pintura como pretexto para dejar volar la imaginación (Lavabo y espejo). Ahora solo bebo té recibió el XIV premio de poesía “Emilio Prados” el pasado otoño. Algo de otoñal hay en todo el proceso: la descripción de todo objeto evoca lo ausente, pone en evidencia la pérdida o inaccesibilidad del objeto evocado. La taza evoca a la persona amada del mismo modo que el poema evoca a la taza desaparecida. La cadena prosigue y se imbrica con la de la Historia (una taza de té en la que se cifra la memoria personal de quien habla no deja de tener mucho de déjà vu): Proust, la madalena en forma de concha, el aroma del té, la tía Léonie, Combray, el tiempo nunca recobrado. Sospecho que esa evocación tácita y evidente es intencionada y encierra algo de socarronería: este libro sería a Proust lo que una serigrafía de Warhol a la Venus de Milo. El mundo en que se mueve Andrés Catalán ha perdido la inocencia. No busca tiempos perdidos: sabe de sobra que intentarlo sería un esfuerzo estéril, condenado al fracaso, irrealizable. Se limita a jugar con los conceptos y, de vez en cuando, mira por el retrovisor los restos del naufragio de la belleza que pasó. A esto llamamos hoy elegía.