16 de octubre de 2020

Una entrevista a Louise Glück

[Entrevista aparecida en 2009 en American Poet, revista bianual de la Academy of American Poets]

Dana Levin: Me gustaría empezar preguntándote por tu libro, Una vida de pueblo (Farrar, Straus y Giroux, 2009; Pre-textos, 2020). El tiempo se percibe como espacio en el libro, como si todas las distintas voces del libro hablaran y los sucesos tuvieran lugar en una temporalidad simultánea.

 

Louise Glück: Hay algo muy extraño en estos poemas que no he sabido descifrar. Desde luego no es una cualidad voluntaria o deliberada, pero tiene que ver con esa simultaneidad. Y me sorprende que el libro tenga algo en común con "Paisaje", un poema de Averno, en el que las etapas de una vida están representadas por secciones individuales, pero los elementos narrativos e incluso el punto de vista cambian de sección en sección; y, sin embargo, lo que se representa es la totalidad de una vida. Se me ocurre que Una vida de pueblo dialoga con ese horrible axioma de que, al final de tu vida, mientras estás muriendo, toda tu vida regresa. Así es como percibo el libro: la totalidad de una vida, pero no progresiva, no narrativa: simultánea. Y no hay acompañamiento dramático en la idea de morir. Está más allá del drama de la pérdida del mundo; es solo una larga exhalación.

 

DL: ¿Qué te enseñó el libro estéticamente?

 

LG: Creo que ni siquiera lo sabré hasta que intente hacer otra cosa. Recuerdo haber hablado con Richard Siken después de Averno. No estaba escribiendo y me estaba empezando a preocupar. Paso por períodos, largos períodos, en que no escribo. Y a veces ese no es el motivo de mi ansiedad. No es que no tenga ansiedad, es que mi ansiedad está en otro lugar; entonces, de repente, me preocupo por mi silencio y me asusto bastante. Estaba entrando en ese período y Richard me dijo: "Tu próximo libro tiene que ser completamente diferente, sencillamente algo como jugar en el barro". Y esa era exactamente mi sensación, que había hecho todo lo que podía hacer en ese momento con poemas que operan en un eje vertical de trascendencia y dolor. Y este nuevo manuscrito tenía que ser más panorámico, de alguna manera, y desenfadado, con una especie de superficie carente de belleza. Así que me enseñó a escribir una superficie carente de belleza. Menudo triunfo [risa irónica].

 

El solo hecho de poder escribir un poema más largo, creo, fue interesante... Me resultó tremendamente placentero escribir estos poemas. Me encantaba estar en ese mundo. Y pude llegar allí casi sin esfuerzo. Bueno, por un breve período. Ya sabes, ahora no puedo ir...

 

DL: Nunca puedes regresar a Brigadoon.

 

LG: ¡No, nunca! No puedo regresar a ninguno de estos lugares. A ninguno. Nunca releo mis libros anteriores, así que ni siquiera sé lo que pienso.

 

DL: Cada uno de tus libros presenta una voz reconociblemente tuya y, sin embargo, también se pueden rastrear distintos cambios formales de un libro al siguiente. ¿Han sido estos cambios de enfoque un objetivo consciente?

 

LG: Creo que el único objetivo consciente es el deseo de sorprenderme. El hecho de sonar a mí misma me parece una especie de maldición.

 

DL: [risas] Eso me recuerda a lo que decía Wallace Shawn: «Creo que hay algo idiota en el yo, en la idea de que todos los días tienes que levantarte y ser la misma persona».

 

LG: ¡Sí! Esa es la limitación. Me alegro de que también pueda parecer una virtud.

 

DL: Sé que te tomas la enseñanza muy en serio y que durante más de una década has sido una defensora pública del trabajo de los escritores emergentes. ¿Cómo afectan tu vida el asesoramiento y la enseñanza?

 

LG: En fin, por dónde empezar. Se supone que esto es un acto de generosidad por mi parte: enseñar y editar. No puedo defender otra cosa con demasiada convicción. No creo que nadie haga nada que lleve tanto tiempo, fuera de la Iglesia católica, sin un motivo de profundo interés propio. Lo que hago con los escritores jóvenes lo hago porque me proporciona combustible. Y a veces les digo a los ganadores de estos concursos que soy Drácula, que estoy bebiéndome su sangre.

 

Siento bastante apasionadamente que el hecho de haberme mantenido viva como escritora y haber cambiado como escritora, si lo he hecho, se debe mucho a la intensidad con la que me he sumergido en el trabajo, a veces muy ajeno, de personas más jóvenes que yo, gente que produce sonidos que yo no había escuchado. Es de eso de lo que quiero estar al tanto.

 

Prácticamente todos los escritores jóvenes cuyo trabajo me ha apasionado me han enseñado algo. De ti, he aprendido la manera de hacer que un poema prosiga. Líneas largas. No es que haya escrito algo que suene a ti, pero sin duda lo estaba intentando. Cuando leí el trabajo de Peter Streckfus y caí completamente bajo su hechizo, me encontré escribiendo un poema que pensé que le había robado. Y me preocupé y leí detenidamente el libro que ganó el Yale ese año, así como el manuscrito, y no pude encontrar en su obra aquello que yo había escrito, pero me pareció que tenía que llamarle y disculparme.

 

DL: ¿Cómo se lo tomó?

 

LG: La actitud de Peter hacia lo que yo considero un robo es muy diferente. Dijo: «Pues creo que esto es maravilloso. Es lo que hacen los escritores. Estamos en diálogo». Y le dije: «Peter, no lo entiendes, ¡te lo robé!». Pero, ya sabes, en sentido estricto no lo había hecho. Las palabras eran mías. Pero era consciente de dónde procedía el impulso, el estímulo. Y luego traté de hacer algo que de hecho no había visto en la obra de Peter, para sentir que era mío.

 

DL: ¿Alguna vez esperaste o imaginaste la gran cantidad de lectores y el reconocimiento actual del que goza tu trabajo? Cuando echas la vista atrás en la trayectoria de tu carrera, ¿qué piensas o sientes?

 

LG: No tengo la sensación de tener un gran número de lectores y reconocimientos.

 

DL: Puedo atestiguarlo: existen.

 

LG: Cuando voy a una lectura, cuando hago una lectura, en primer lugar, estás de pie frente a una sala y ves los asientos vacíos. Y solo ves los asientos vacíos. Es porque te crió una madre que te decía: «¿Por qué has sacado un 98? ¿Por qué no has sacado un 100?».

 

DL: ¡Yo también tuve a esa madre!

 

LG: Sí, sé que la tuviste. Así que ves los asientos vacíos y la gente se va durante el transcurso de la lectura y los ves irse, y piensas: son simplemente las representaciones más contundentes de lo que está sintiendo toda la sala. Que todos quieren irse, pero solo unos pocos atrevidos lo hacen. Así que eso es lo que se siente. ¿Y reconocimiento? He recibido muchas críticas terribles y condescendientes o que condenan mediante elogios débiles: "Bueno, si te gusta este tipo de cosas, aquí tienes más".

Así que no tengo ninguna sensación de reconocimiento. Cuando me dicen que tengo un gran número de lectores, pienso: "Oh, genial, voy a resultar ser Longfellow": alguien fácil de entender, que es fácil que te guste, el tipo de experiencia diluida al alcance de muchos. Y no quiero ser Longfellow. Lo siento, Henry, pero no quiero. En la medida en que percibo el reconocimiento, pienso: Ah, es un fallo en el trabajo.

 

DL: Como si: si supieran más, ¿no te leerían?

 

LG: Cuando sepan más, no me leerán.

 

DL: Bueno, tengo un estudiante en este momento al que le gusta hablar de tarifas de ingreso; ya sabes, ¿cuánto cuesta entrar a este poema? Y recientemente me dijo: "La tarifa de ingreso para un poema de Louise Glück es más o menos un dólar, pero una vez que entras, el territorio es complejo". Y es cierto: no es difícil entrar en tus poemas, pero rápidamente se vuelven muy complicados psicológicamente y formalmente, sobre todo en cómo los poemas funcionan como conjunto para crear un todo mayor. Mi alumno se propuso realizar un seguimiento de toda tu obra, pero parece que no es capaz de dejar de leer Ararat. Está perdido allí, aunque solo pagó un dólar para entrar. Tendré que recuperarlo para poder seguir adelante.

 

LG: Bueno, sería bueno si fuera cierto. Espero que sea cierto.

 

DL: Última pregunta. Estamos viviendo en tiempos extraordinarios y sé, por mí misma, que a menudo lucho con esto: ¿qué significa estar orientada personal y psicoanalíticamente en la página en un momento en el que están sucediendo tantas cosas sociopolíticas y medioambientales en la cultura? Muchos de mis estudiantes dedican mucho tiempo a pensar  en cómo la experiencia personal encaja en la declaración pública y viceversa, en cuestiones de audiencia, actualidad e importancia cultural. ¿Tienes alguna idea?

 

LG: No creo que necesariamente responda a estas preguntas luchando conscientemente con ellas. Creo que pesan sobre ti y, hasta cierto punto, las soluciones se resuelven inconscientemente. Se manifiestan, estas soluciones parciales, en tu obra. Nunca pienso en la audiencia. Odio esa palabra. Pienso en un lector. Creo que mis poemas requieren de un lector y que los complete un lector. Pero es un lector único, y si esa persona existe de forma múltiple o no, no supone ninguna diferencia espiritual, aunque tenga un impacto práctico. Lo que me importa es la sutileza y profundidad de la respuesta del lector y si resultan duraderas. La idea de ampliar la audiencia de la poesía me parece ridícula.

Creo que el poema es una comunicación entre una boca y un oído, no una boca y un oído reales, sino una mente que envía un mensaje y una mente que lo recibe. Para mí, la experiencia auditiva de un poema se transmite visualmente. Escucho con mis ojos y no me gusta leer en voz alta y (excepto en muy raras ocasiones) que me lean. El poema se convierte, cuando se lee en voz alta, en una forma secuencial mucho más simple: la red se convierte en una calle de un solo sentido. En cualquier caso, el conocimiento, o la esperanza, de que el lector existe es un gran consuelo.

 

(Traducción de Andrés Catalán) 


27 de junio de 2020

Poema de las rosas, de Franco Fortini



POEMA DE LAS ROSAS

1.

Rosas, rosas de polvo, qué dureza
la de los tallos por la noche, torcidas rosas
de espinas como los recios tendones
y músculos resecos de la chica
que en el coche manipula seda y cuero
pero tierna si un destello la alcanza pero a manchas
entera la garganta como las rosas magulladas
en trabajos de medianoche y de ortigas.

Ah, sobre las flores abiertas al bochorno
qué dulces los afanes de la abeja,
¡cómo desearía el corazón que no llegase
nunca el día pero siempre los faros por las curvas
arrojan su luz a los teatros de rosales
en el inmenso parque de la aridez romana!
Por eso he dicho “polvo”, de las quemaduras
de las curvas, de los columbarios, gravilla, de las ánforas…

Polvo sobre las gradas; de las rosas
se goza la impiedad, la sed se enciende
sin parar a golpes de sangre
donde excava, burdo, el escarabajo.
La dama patalea, pierde una sandalia, reclama
crueldad, se revuelca entre las hierbas y las babas.
La miel obstruye los triunfos, oh abeja latina.
Deja ahítas las gargantas, benditas las rosas.

2.
 
Pero reconoces este inicio. En grutas, fuentes,
los opuestos respiran inmóviles.
Donde una rosa se abre, se marchita una rosa
y el tiempo es uno pero dos las verdades.
Acércate al hielo y al intenso calor. Aquí
atrévete a dudar sobre el límite. Apartará
las ramas, en la trama se adentra. Muestras
bajo los rayos iluminadas sienes,
 
tú que eras tensión de laurel en la calma
y arco de ciprés y tienes siempre
otro nombre y volverás con otros cuerpos.
Denuncia a los espejos de agua, hermana
de herejía, pétrea negación
reluciente en unión futura, la frente alta
ante la nada y herida… Ahora tiemblas,
vuelvo a verte, atraviesas las hiedras
 
y cómo te oscureces y cambias
lo sé y en el oscilar de la risa ya eres
escama de serpiente, aguja, uña, lámina
y la lengua de las rosas afilas
y soplan para el crepitar de la ofrenda, revuelven
la escena los semivivos hasta inundar   
la arteria y de allí diriges el curso
hacia Hécate. Una vieja te lame la cadera.

3.

Ah, que para aquella contraria al tiempo inmensa
inhumana boca, cuerpo redentor
que también del tuyo se origina y debate,
solo tienes esta lengua de vil gloria,
este decir de siervo. Se buscan
para existir en una sangre, para revivir
antes del día. Húndete ahora
en los pasos, atáscate, adora,

acaricia los símbolos deformes
del porvenir, hasta no ver ya más,
¡tú que te ciegas si los fijas y gimes
con ellos! Y cómo se desuellan empapados
de linfa, cómo el tétanos lanza
mordiscos y oh como se arrojan en racimos
rodando y cómo en las carótidas gritas.
Se despedaza, rasga sus carnes la rosa

que a la mañana, intacta, se burlará.
No hay otro modo de prodigar, de
desnudar ante la noche el placer 
del asco que por tantos años dañino
contra sí te ha estrechado, blasón
que los viejos te infundieron en las meninges
y la rabia canina de los muertos y aquí te sacias,
bestia, con este condumio de rosas destrozadas. 

4.

Y alta regresa ahora la pasión de los árboles.
El deseo y la separación
no existirán ya más. Quiénes hemos sido
lo sabremos, y sin dolor. Ya hacia nosotros
aquello que os parece fábula se acerca y será,
hijos de este siglo, ironías.
Del sueño emergeremos para vivir
en una única verdad.

Todos los amores perfectos un solo amor.
Todos los días más bellos un solo día.
Cuerpos ausentes que habíamos amado,
rehechos a partir de los despojos
regresaréis benditos de piedad,
atónitos idénticos espíritus que se parten de risa,
indivisible rosa centifolia
que ya a la incrédula mente encandilas.

Es la hora que los líquidos seca y cuaja
y estas emanaciones son almas
pero deformes, enanas, bajo el hierro lunar.
Ves alinearse los reinos. Los santos negros,
vacíos como veleros, cruzan oblicuos
los cortejos celestes. ¿Es el ajenjo? ¿El juicio?
¿Son las pobres mujeres a las que destrozaron
el rostro los soldados? ¿Los clarines del cielo?

5.

Muy lejanas voces, tormentos… ¿Repites
siempre así, falsa conciencia, tus imágenes?
Liberadas las ramas, tumefactas las rosas,
en extrañas partículas se divide el espacio,
una quietud parece aligerar las moles.
Y antes que empiece el griterío en los nidos
de nuevo serán tus fábulas de muertos
hombres grises en marcha sobre los adoquines.

Y meteoritos de hierro mental
surcan los continentes, tocan
campos magnéticos de rosas aplacadas,
curvan las frecuencias de cosas creadas, tratan
de ayudar. El avión que solemne las cúpulas rasura
lucha, alza el morro, va; no por nosotros. Vivo allí
donde una noche induce a incinerar
el siglo, y lenta me extermina y tiemblo.

6.

¿O entre carbones de  rosas un fósforo, un gusano,
la única vía? Hacia las criptas, las aulas, las vísceras
donde al terminar la función cuelgan parvas
de abdómenes destrozados, crines de culebras y cuerdas,
máscaras desolladas, Sísifo, Pirítoo, Tieste
y las Furias. Hacia la toba de las catacumbas, donde
bajo las larvas tapiadas de nuestros futuros
un senado de insectos gesticula.

7.

Y no. Últimos ríos de un irónico infierno,
dejad caer, fuentes, los estruendos.
¿Resulta ser uno lo verdadero? Huid, alegorías.
Debías saberlo, habrías vuelto
a elegir el hielo, el deseo y la espina,
los nombres unívocos, la ciencia posible
y lenta, el sol que blanquea el Indo y el Nilo,
el diente de la historia imperceptible.

¿Pero cómo sabré diferenciar mañana
las rosas muertas, las vivas? Le doy la espalda
a este aquí por donde pasó, y volverá, mi locura:
pido también justicia y amor para ella.
Los que seguís soñando: quiero que nada se pierda.
Incluso si siempre, sin compasión de la aurora
que tanto atenúa allí abajo las luces
de posición de las de alta cilindrada,

los ácaros machacan los grumos,
los escarabajos de la rosa trituran el porvenir
con sus pinzas minúsculas; si culpa y esperanza
son un único mal que nos separa y obsesiona,
que desde nosotros trepa las copas de los sauces
y las macera. El aire es puro y negro.
Viva la rosa de la primavera.
Y viva la hierba, la flor, los besos, el dolor.


(Franco Fortini)
(Traducción de María Bastianes y Andrés Catalán, 
aparecido en la revista Quimera, noviembre de 2016 )



20 de junio de 2020

Cinco poemas de Anne Carson


unas pocas palabras sobre el cromoluminarismo

La luz del sol ralentiza a los europeos. Fijaos en toda esa gente embelesada en Seurat. Fijaos en Monsieur, firmemente sentado. ¿A dónde se va un europeo cuando está «absorto en sus pensamientos»? Seurat —aquel viejo deslumbrante— ha pintado ese lugar. Queda del otro lado de la atención, a la distancia de un largo y perezoso trayecto en barca. Se trata aquí más bien de una tarde de domingo que de sábado. Seurat se ha encargado de dejarlo bien claro gracias a un método especial. Ma méthode, lo llamó, ciertamente malhumorado, cuando le preguntamos. Nos pilló escabulléndonos como adúlteros entre las frescas sombras de color verde. El río abría y cerraba sus labios pedregosos. El río apretaba a Seurat contra sus labios.


unas pocas palabras sobre por qué a algunas personas les resultan apasionantes los trenes

Son los nombres Northland Sante Fe Nickle Plate Line Delta Jump Dayliner Heartland Favourite Taj Express son las alargadas ventanas iluminadas los asientos de felpa los coches para fumadores los coches cama las preguntas sobre el anden la mujer francesa que me mira desde el otro extremo del pasillo nunca se sabe las lucecitas que se encienden en el techo las zonas de noctilucas el cauteloso a la par que descarado pasar de páginas por supuesto que en casa me espera alguien fiel son los azules depósitos de trenes los semáforos en rojo la barrita de chocolate sin abrir los curiosos calcetines tobilleros arrugados acelerar hasta los 130 kilómetros a la hora los árboles negros apiñados junto a los puentes que se quedan atrás con un estruendo las gafas de cerca le dan un aire a Racine o Baudelaire je ne sais plus lequel que le llenan la boca con sus sombras qui sait même qui sait.


unas pocas palabras sobre ovidio

Lo veo ahí en una noche parecida a esta pero fría, con la luna volando por las negras calles. Cena y regresa a su habitación. La radio está en el suelo. Su luminoso dial verde resuena suavemente. Se sienta a la mesa; las personas exiliadas escriben un montón de cartas. Ahora Ovidio está llorando. Todas las noches a estas horas se echa encima la tristeza como un manto y se pone a escribir. En su tiempo libre se dedica a aprender por su cuenta el idioma local (el gético) con la intención de componer un poema épico que nadie leerá jamás.


unas pocas palabras sobre la desfloración

Las acciones de la vida no son tantas. Entrar, avanzar, entrar en secreto, cruzar el Puente de los Suspiros. Y cuando me deshonraste vi que el deshonor es una acción. Sucedió en Venecia, provoca que las cuerdas vocales se hinchen. Recorrí Venecia bramando, bajo y sobre los puentes, pero ya no estabas. Más tarde ese mismo día llamé por teléfono a tu hermano. ¿Qué le pasa a tu voz? dijo.


unas pocas palabras sobre lo importante y lo trivial

Las cosas importantes son el viento, la maldad, un buen caballo de combate, las preposiciones, el amor inextinguible, la manera en que los pueblos eligen a su rey. Entre las cosas triviales está la tierra, los nombres de las escuelas de filosofía, el estado de ánimo y no estar con ánimo, la hora exacta. Hay más cosas importantes que cosas triviales en términos generales, aunque haya más cosas triviales de las que he escrito aquí, pero resulta desalentador ponerlas en una lista. Cuando pienso en ti leyendo esto no quiero que quedes cautivada, separada de tu vida por una malla metálica revestida de cristal, como una Electra cualquiera.

(Anne Carson, Short Talks)
(Traducción de Andrés Catalán)


Puse la mesa para seis, de Arseny Tarkovsky

Una versión mía de un poema de Arseny Tarkovsky, el padre del cineasta. Poema doblemente triste porque de él procede la cita que Tsvetáieva usó para su último poema, antes de suicidarse, en el que le reprocha su amor no correspondido: como traducen Monika Zgustova y Olvido García Valdés, "Nadie: ni un hermano, ni hijo, ni esposo / ni amigo; y un reproche, pese a todo: / tú -que pusiste la mesa para seis almas-, / ni siquiera me pusiste en un rincón".

**
 
Puse la mesa para seis,
llena de cristal y de rosas.
Y entre mis invitados,
el Dolor y la Pena.


Conmigo está mi padre,
conmigo está mi hermano.
Una hora pasa. Finalmente
llaman a la puerta:

como hace doce años,
su mano siempre fría,
el murmullo de su seda,
azul y anticuada.

Y en la oscuridad canta el vino
y resuena el cristal:
"ay, cuánto te quisimos,
hace ya tantos años".

Mi padre me sonreirá,
mi hermano, servirá más vino.
Con su mano sin anillos en la mía,
la mujer me dirá:

"tengo los tacones llenos de barro,
mis trenzas se han desvanecido,
y nuestras voces ahora
llaman bajo la tierra".

(Arseny Tarkovsky)
(Versión de Andrés Catalán)


5 de julio de 2019

Lo que he visto y oído en Roma, de Ingeborg Bachmann (fragmento)


En Roma he visto que aunque el Tíber no es hermoso, transcurre despreocupado de unas orillas que nadie atiende. Nadie usa los cargueros pardos de herrumbre ni tampoco las barcas. El polvo cubre las cañas y la hierba alta, y sobre el pretil solitario duermen inmóviles los obreros al bochorno del mediodía. Hasta ahora ninguno se ha dado la vuelta. Ninguno se ha caído tampoco. Duermen donde los plátanos despliegan para ellos una sombra y se arropan con el cielo hasta las orejas. Sí es hermosa el agua del río, verde limo o pajiza según incida la luz sobre ella. El Tíber hay que caminarlo a lo largo, no mirarlo desde los puentes, concebidos como caminos a la isla. La Tiberina la habitan los noantri: nos-otros. Eso quiere decir que ella, la isla de los enfermos y los muertos desde la antigüedad, quiere que la habitemos nos-otros, los otros, llevarnos consigo, porque también es un barco y avanza muy lentamente por el agua con todo su pasaje que no supone una carga para el río.

En Roma he visto que la basílica de San Pedro parece más pequeña de lo que realmente es y que aun así resulta demasiado grande. Se dice que Dios quiso que su Iglesia se apoyase firmemente en una roca. Hoy en día se alza sobre la tumba de su santo, al que ahora se quiere desenterrar. Así que es el propio santo quien la pone en peligro y la debilita. Pese a todo las celebraciones se suceden con estruendo, con danzas de púrpura bajo los baldaquines, y en las hornacinas el oro reemplaza a la cera. Chiesa grande divozzione poca. Son aún los pobres, precavidos, quienes se aseguran de que la Iglesia no caiga, mientras que su fundador confía en el paso de los ángeles.

En Roma he visto que muchas casas se parecen al Palazzo Cenci, donde vivió la desgraciada Beatrice antes de su ejecución. Los precios son altos y las huellas de la barbarie omnipresentes. En las terrazas las tinajas con adelfas se pudren y alimentan a las flores blancas y rojas; querrían escapar al vuelo, porque no soportan el olor a inmundicia y descomposición que recrea el pasado más que cualquier monumento.

En Roma he visto en el gueto que hasta la noche todo es día. Pero el Día de la Expiación se perdona a todo el mundo un año por adelantado. En una trattoria cerca de la sinagoga la mesa está puesta y los peces rojizos del Mediterráneo se ofrecen aderezados con uvas pasas y piñones. Los viejos recuerdan a los amigos por los que se pagó su peso en oro; tras el pago, los camiones se los llevaron igualmente y nunca regresaron. Pero sus nietos, dos niñas pequeñas con faldas de un rojo encendido y un niñito gordo y rubio, bailan entre las mesas y no les quitan ojo a los músicos. «¡Seguid tocando!», grita el niñito gordo, agitando su gorra. La abuela esboza una sonrisa y el que toca el violín se pone muy pálido y alarga un compás.

[...]

Ingeborg Bachmann, traducción de Andrés Catalán y Lucía Martínez, Clarín, número 141, mayo junio de 2019, pp. 21-24