11 de febrero de 2016

Dos monólogos de Shakespeare


El primero, en la agenda 2016 que ha publicado Vaso Roto para celebrar el 400 aniversario del Bardo. El segundo, mi monólogo favorito.

Dadme otro caballo: vendadme las heridas.
¡Ten piedad, Jesús! ¡Calma! Solo era un sueño.
¡Ah conciencia cobarde, cómo me afliges!
Las llamas arden azules: es plena medianoche.
Frías gotas de temor me cubren la piel trémula.
¿A qué temo? ¿A mí? No hay nadie más aquí.
Ricardo ama a Ricardo; eso es: yo soy yo.
¿Hay acaso aquí un asesino? No. Sí. Yo lo soy.
Pues huye. ¿Cómo, de mí mismo? Vaya razón:
temer la venganza. ¿Qué? ¿La mía de mí mismo?
Ay. Yo me amo. ¿Por qué? ¿Por algún bien
que yo me haya procurado a mí mismo?
Oh, no. ¡Ay de mí! ¡Más bien me odio a mí mismo
por los actos infames que yo mismo he cometido!
Soy un villano. Pero miento, no lo soy.
Idiota, habla bien de ti. Idiota, no adules.
Mi conciencia tiene mil lenguas diversas,
y cada lengua pronuncia un relato distinto,
y cada relato me condena por villano.
Perjurio, perjurio en su más alto grado,
crimen, crimen atroz en el grado más extremo;
todos los pecados distintos, cada uno en su grado,
se agolpan en el estrado, gritando "¡Culpable, culpable!"
Desesperaré. No existe criatura alguna que me ame;
y si muero, no habrá alma que me tenga lástima:
no, ¿por qué motivo iban a tenerla, pues yo mismo
me siento incapaz de tenerme lástima?
Me ha parecido que las almas de todas mis víctimas
acudían a mi tienda; y cada una amenazaba
con cobrarse la cabeza de Ricardo vengándose mañana.


(RICARDO III, ACTO V, ESCENA III)
(Traducción, Andrés Catalán)



Es la causa, es la causa, alma mía.
No permitáis que os la nombre, estrellas castas:
es la causa. Mas no derramaré su sangre
ni dañaré esa piel suya blanca más que la nieve
y tersa como el alabastro de un sepulcro.
Y aún así ha de morir, o traicionará a más hombres.
Apaguemos la luz, y después apaguemos la luz.
Si te extingo a ti, representante de la llama,
podría volver a recuperar tu anterior luz
si llegara a arrepentirme. Pero una vez
tu luz extinta, oh tú, falaz modelo de perfección,
ignoro dónde hallar ese calor prometeico
capaz de reavivarte. Cortada ya tu rosa
no podría darle otra vez vitalidad: por fuerza
habrá de marchitarse. Te oleré en el rosal.
[Besa a Desdémona]
¡Ah, fragante aliento, que casi llega a persuadir
a la Justicia de quebrar su espada! Uno más, uno más.
Sigue así cuando estés muerta, que te asesinaré
y te amaré después. Uno más, el último.
Nunca dulzura tal fue tan funesta. Debo llorar,
pero son lágrimas crueles. Esta pena es divina:
decide golpear allí donde ama. ¡Se despierta!


(OTELO, ACTO 5, ESCENA II)
(Traducción, Andrés Catalán)

8 de febrero de 2016

Un poema de Edward Hirsch



LA RENUNCIA A LA POESÍA
(Hofmannsthal en Atenas, 1908)

Estos ruinosos días de otoño. Al alba
el resplandor se filtra por el aire arrasado,
al anochecer el aire recoge el resplandor.

Así que esto es Grecia, mítica decadencia. Durante
años soñó con acariciar las faldas de estas colinas
y subirse a los hombros atronadores del Egeo,

pero ahora le embarga un cierto desencanto
en un país de tumbas y columnas, cementerios
y excavaciones, piedras y fragmentos de piedra.

El polvo del camino aún se aferra a su cuerpo
y las pizcas de sol se borran de su piel.
¿Qué le ha sucedido a las eternas presencias?

Asciende hasta la Acrópolis antes de que anochezca
para observar al sol ponerse detrás del Partenón.
Los primeros fuegos se avivan en el cielo,

y le llega un aroma de acacias, de trigo 
en sazón y mar abierto. Pero nada trasciende.
Bajo esta luz todo se desvanece en la niebla.

Estos griegos, se pregunta, quiénes son
sino sombras desleídas en sombras, profetas
de la no existencia, premoniciones de vacío.

Imposible antigüedad, búsquedas sin sentido.
Los desprecia por haberse convertido en vanos alardes
y traiciones eternas, en los simples adornos de una pared.

Edward Hirsch
Traducción, A. Catalán


(Original, aquí)


26 de noviembre de 2015

Una noche de septiembre, de Franco Fortini


UNA NOCHE DE SEPTIEMBRE

Una noche de septiembre
cuando las recias mujeres roncas de cabellos quemados
se entregaban dulcemente en los pueblos calcinados
y en las fuentes la arena lavaba el tintineo de los platos de campaña
vi bajo la luna de cobre
por la calle violeta de Lodi a dos trabajadores, a tres chicas bailar
sobre los hilillos de tinta del fósforo en el asfalto
una noche de septiembre
cuando el júbilo y el miedo gritaban al unísono
cuando todas las mujeres charlaban con soldados
dispersas entre las hileras de las viñas
y en toda la ciudad no existía más que el vino agrio
de los cantos y todo era posible
al amor del tenue fuego de la radio
y quien al día siguiente yacería muerto en el camino
bebía apoyado en los delgados hierros de las estaciones
o se dormía abrazado al fusil sobre la paja
cuando el verano se incendiaba
de Ventimiglia a Salerno
y nada más había
y éramos libres
de huir, de no saber o de llorar,
una noche de septiembre.


(Traducción de M. Bastianes & A. Catalán)

**

UNA SERA DI SETTEMBRE

Una sera di settembre
quando le dure donne rauche di capelli strinati
si addolcivano pronte nei borghi calcinati
e ai fonti la sabbia lavava le gavette tintinnanti
ho visto sotto la luna di rame
sulla strada viola di Lodi due operai, tre ragazze ballare
tra le bave d'inchiostro dei fosfori sull'asfalto
una sera di settembre
quando fu un urlo unico la paura e la gioia
quando ogni donna parlò ai militari
dispersi tra i filari delle vigne
e sulle città non c'era che il vino agro
dei canti e tutto era possibile
intorno al fuoco della radio pallido
e chi domani sarebbe morto sugli stradali
beveva alle ghise magre delle stazioni
o nella paglia abbracciato al fucile dormiva
quando l’'estate inceneriva
da Ventimiglia a Salerno
e non c'era più nulla
ed eravamo liberi
di fuggire, di non sapere o piangere,
una sera di settembre.

21 de octubre de 2015

A los dioses de la mañana, de Franco Fortini


A LOS DIOSES DE LA MAÑANA

El viento agita laureles y pinos. Por los cristales, agua que baja.
Tras la niebla y las luces ves a ratos la costa, luego nada.
La mañana se afina en la estancia tranquila.
Un hilo de música rock, lápices, papeles.
Me hace feliz la lluvia. Oh dioses inexistentes,
proteged el idilio, os lo ruego. ¿Y qué más podéis hacer,
oh dioses del otoño, indulgentes durmientes,
melancólicas de ramas las sienes? ¡Qué majestuosos vuestros
luminosos cúmulos! ¡Cuanta ansiedad de hormigas en la sombra!


**

AGLI DÈI DELLA MATTINATA

Il vento scuote allori e pini. Ai vetri, giù acqua.
Tra fumi e luci la costa la vedi a tratti, poi nulla.
La mattinata si affina nella stanza tranquilla.
Un filo di musica rock, le matite, le carte.
Sono felice della pioggia. O dèi inesistenti,
proteggete l’idillio, vi prego. E che altro potete,
o dèi dell’autunno indulgenti dormenti,
meste di frasche le tempie? Come maestosi quei vostri
luminosi cumuli! Quante ansiose formiche nell’ombra!

(Franco Fortini, 1917-1994)
(Versión de A. Catalán)


30 de abril de 2015

Un poema de Anne Sexton


Releía -más bien hojeaba, buscando un poema en concreto- la poesía completa de Sexton que tradujo Reina Palazón y me topé con su terrorifica versión de este poema. Así que ahí va mi intento para complementar la buena traducción que hizo hace años Ben Clark en su edición de Poemas de amor.

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LA BALADA DE LA MASTURBADORA SOLA

El final de un amor es siempre la muerte.
Ella es mi taller. Ojo huidizo, al salir
de la tribu de mí misma mi aliento
te echa en falta. Provoco espanto
en quien se queda cerca. Estoy hastiada.
De noche, a solas, desposo la cama.

Dedo a dedo, ahora es mía.
No está tan lejos. Es mi encuentro,
la golpeo como una campana. Me recuesto
en la alcoba donde solías montarla.
Te apropiaste de mí en la colcha de flores.
De noche, a solas, desposo la cama.

Toma por ejemplo esta noche, amor mío,
que a cada pareja hace encajar
en un vuelco conjunto, arriba, abajo,
los abundantes dos en esponja y en pluma,
de rodillas, a empujones, cabeza con cabeza.
De noche, a solas, desposo la cama.

De esta forma me escapo de mi cuerpo,
un milagro insufrible. ¿Podría
poner el mercado de sueños a la vista?
Estoy desparramada. Crucifico.
Mi ciruelita fue lo que dijiste.
De noche, a solas, desposo la cama.

Vino entonces mi rival de ojos negros.
La dama del agua, alzándose en la playa,
un piano en sus dedos, vergüenza
en sus labios y un discurso aflautado.
Yo pasé a ser la escoba de rodillas quebradas.
De noche, a solas, desposo la cama.

Te eligió de la forma que una mujer elige
un vestido de saldo de las estanterías
y yo me rompí igual que se rompe una piedra.
Te devuelvo tus libros y tu equipo de pesca.
El periódico de hoy dice que te has casado.
De noche, a solas, desposo la cama.

Los chicos y chicas son uno esta noche.
Se desabrochan blusas. Se bajan las braguetas.
Se quitan los zapatos. Apagan las luces.
Las trémulas criaturas rebosan de mentiras.
Entre sí se devoran. Se sacian en exceso.
De noche, a solas, desposo la cama.

(Anne Sexton, Love Poems, 1969)
(Traducción, Andrés Catalán)
Original, aquí.

(La estupenda versión de Ben Clark en su traducción de Poemas de amor (Linteo, 2009), aquí)