1 de abril de 2015

Perpendicular, de Kathy Fagan



PERPENDICULAR

Habría sido un buen sendero para que se cruzara un lagarto
pero no vi ninguno. Zarzas y escaramujos crecían
del lado de la ciudad, amapolas y hierbas silvestres junto al río.
Caluroso en exceso para los pájaros, los patos sí estaban, en el agua
y el cieno, y las ranas sí estaban, a cientos, pareciera, diciendo
Paso, Paso, con su voz más grave. Era hermoso
pero he visto la belleza y su contrario tan a menudo
que cuando el calor me acarició la piel recordé el invierno,
igual que una pena reciente te desarma cuando te despiertas del todo.
Cuando cumplió dos, le pregunté a mi joven amiga
qué serviría en su fiesta de cumpleaños y me respondió
tofu y cupcakes. Cuando tenía tres y yo estaba muy triste
me llamó y me dijo ¿Qué estás haciendo? ¿Coges flores?
Hablaba con poemas como si estuviera soñando todo el tiempo
o fuera muy vieja o Virginia Woolf. Más a menudo en el primer mundo
uno se despierta de y no en una pesadilla. Cuando soñé que perdía
a mi amor me obligué a despertarme por que no iba
a sobrevivir al dolor otra vez, incluso en sueños. ¿Quién es el responsable
de semejante clemencia, Doktor, el consciente o el inconsciente? Quiero
coger las amapolas y quiero dejar las amapolas tranquilas donde crecen.
Como mirar a través de la ventana de un tren en movimiento
a alguien que recorre una carretera bordeada de chopos
y ser alguien que recorre una carretera bordeada de chopos.
El tren y los árboles, una lluvia de pétalos y abejas,
el sol sobre el cristal y el tren perpendicular a la carretera.
Cosas que llegan únicamente por sí solas en las oscuras
sombras dobles de la hierba y los transeúntes. 

(Kathy Fagan, en el número de enero de 2015 de la revista Poetry)
(Traducción de A. Catalán)


7 de marzo de 2015

Tomas Venclova


Un poema del lituano Tomas Venclova o, mejor dicho, una versión de un poema de Tomas Venclova, desde la traducción inglesa de Diana Senechal. 

***

Toda la noche tiempo y sueño fueron equivalentes,
y la ciudad me estuvo disparando agujas a la cara.
Desconozco que nos deparará. Tal vez las corrientes:
destellan detrás de las ventanas, por todas partes,
reflejando la firmeza de la cadena montañosa.
La nieve de los cielos, apilándose en las farolas,
la arcadia de la hierba, las plazas vacías.
Es mejor olvidar. Todo es falso, al fin y al cabo,
solo pasajes hundidos en la escarcha.
Aquí con tus manos sientes la bóveda estrellada,
igual de porosa que una piedra. Aquí tendrías que vivir
durante siglos, y nadar dejándote llevar por la corriente
en torno a cada fecha como si se tratara de una isla.
Un espacio lleno de puntos de luz, un pesado cristal
entre los dedos del Cáucaso.
Es mejor olvidar. Todo es falso, al fin y al cabo.
Experiencias, aproximaciones, comienzos.
Ya no soy capaz de saber que nos alcanza:
tal vez sea solo el aire, brotando de debajo de la nieve,
tras tomarse esta noche para aprenderse de memoria
nuestra elevada ciencia, plagada de imperfecciones.



(Tomas Venclova, Pašnekesys žiemą, 1991) 
(Traducción desde el inglés de Andrés Catalán) 



6 de marzo de 2015

Un soneto del pintor Edgar Degas



En el último número de Litoral, 'Museum', me atreví entre otras cosas con un soneto de Degas. Degas, a cuyas quejas por no lograr escribir un buen poema pese a tener buenísimas ideas (la anécdota es conocida) Mallarme respondería "Pero Degas, los versos no se hacen con ideas, sino con palabras".

LA BAILARINA

Agonizante baila como en torno a una caña,
a una flauta en la que suena el aire triste de Weber;
la cinta de sus pasos se enreda, se anuda y ata,
su cuerpo se vence y cae con el gesto de un pájaro.

Suspiran los violines. Fresca, desde un azul de agua,
Silvana llega, y luego, de curiosidad, se agita;
la felicidad de revivir, y el amor en su rostro,
en sus ojos, sus senos, en todo este ser nuevo...

Y los pies de satén bordan, como con una aguja,
dibujos de placer. La imprevisible niña
agota mis pobres ojos, que tratan de seguirla.

Pero siempre por una nadería cesa el bello misterio:
en exceso adelanta las piernas en un salto:
es el salto de una rana en las charcas de Citerea.

(Edgar Degas. Traducción Andrés Catalán)

DANSEUSE

Elle danse en mourant, comme autour d'un roseau,
D'une flûte où le vent triste de Weber joue;
Le ruban de ses pas s'entortille et se noue,
Son corps s'affaisse et tombe en un geste d'oiseau.

Sifflent les violons. Fraîche, du bleu de l'eau,
Sylvana vient, et là, curieuse, s'ébroue;
Le bonheur de revivre, et l'amour sur sa joue,
Sur ses yeux, sur ses seins, sur tout l'être nouveau...

Et ses pieds de satin brodent, comme à l'aiguille,
Des dessins de plaisir. La capricante fille
Use mes pauvres yeux, à la suivre peinant.

D'un rien, comme toujours, cesse le beau mystère:
Elle retire trop les jambes en sautant:
C'est un saut de grenouille aux mares de Cythère.



15 de febrero de 2015

De Philip Levine (1928-2015)


Me despertó la noticia de la muerte de Philip Levine. Difícil decir algo medianamente coherente sobre alguien cuyos libros han llenado mis dos últimos años (es el único autor de mis tres estantes de poesía norteamericana del que tengo todos sus libros, más de diez) y que siempre fue tan simpático respondiendo a mis emails y animándome a mi proyecto de reunir los poemas que escribió sobre España. Y tan franco, quejándose de sus editores o comentando episodios librescos. No fueron muchos emails pero entre sus correos y las muchas veces que leí sus poemas o su biografía tengo la sensación de haber perdido un buen amigo. Se me hace raro. Es la primera persona con la que mantenía un contacto via email que ya no está, a la que podría ahora mismo mandar con un simple click un email que nunca podrá leer. 

He traducido esta mañana este poema. Valga como despedida.

***

ÚLTIMAS PALABRAS


Y si el zapato se cayera del otro pie
¿quién lo oiría? ¿Si la puerta
se abriera a la pura oscuridad
y no fuera un sueño? ¿Si tu vida
acabara de la forma en que acaba un libro
con media página en blanco y los supervivientes
adentrándose en África o la locura?
¿Y si mi vida acabara al acabar la primavera
de 1964 mientras camino a solas
bajando la carretera de la montaña?
Canto para mí una vieja canción. Estudio
la forma en que la nieve resiste, gris
y empapada, bajo la sombra de los abetos.
Me pregunto si la bicicleta estará a salvo escondida
solo un poco más allá del camino. Hacia arriba
la carretera, negra y sinuosa, se pierde
de vista, allí donde se encuentra el valle en el que
viví la mitad de mi vida, fantasmal
y tranquilo. Doy gracias con un suspiro,
y después siento un extraño dolor surgirme
de la parte de atrás de la cabeza,
y se me oscurecen los ojos. Me doblo hacia delante
y apoyo las palmas sobre algo áspero,
el negro asfalto o un campo de rastrojos,
y el movimiento es el del penitente
justo antes de que se levante del todo
con el conocimiento de su enormidad.
Durante ese momento que sobrevivirá
la quema de todas las pequeñas bolsas
de grasa y aceite que son el alma,
yo soy el alma que alcanza hasta
la última falange de mis dedos
y más allá, brillando como diez cirios
en la cripta de la noche para cualquiera
que pueda ver, incluso aunque sean
las 12:40 de la mañana y yo
haya pasado de la oscuridad a un sol
tan feroz que el sudor me chorrea
por los ojos. No me levanto.
Un viento o un animal perdido o un grupo
de niños me arrastra hasta un lado
de la carretera y me da la vuelta
para que mis ojos abiertos se inunden de cielo.
Mis ropas se escabullen carretera
abajo sin mí, inflándose
en múltiples formas, enloquecidas
con la liberación. Mis monedas, anillos,
las llaves de la casa se hicieron añicos
como un trozo de hielo y cayeron entre
las espinas y hierbas de la montaña, como puntos
brillantes que te hacen pensar que hay magia
en todo lo que ves. No, no puede
ser, te dices, pues alguien te está hablando
con calma con una voz que reconoces.
Alguien con vida y confiado ha escrito
cada una de estas palabras exactamente
como las quería en la página.
Has vivido a lo largo de años
de rechazo, de libelo público, de muerte
cayendo como nieve en cualquier cabeza
que eligiera. No eres un niño.
Conoces la verdad. Estoy
aquí, como siempre estuve, leal
a una necesidad de hablar incluso cuando todo
lo que oyes es una leve corriente de aire
que te cosquillea en la oreja. Tal vez.
¿Pero y si ese montón seco
de hojas y tierra no fuera tierra
y hojas sino las gastadas obleas
de un deseo de ser humano? Detén el coche,
apaga el motor, y quédate
en el silencio que envuelve tu vida. Observa
cómo la hierba refleja el fuego, cómo
un viento remonta la colina
con paso seguro hacia ti hasta que te entra
en los oídos como una respiración que va
y viene, liberada de sus ataduras
a la sangre o el habla y que nada desmiente.

(Philip Levine, Sweet Will, 1985)
(De la traducción, Andrés Catalán)