19 de noviembre de 2014

Un poema de Philip Levine en el New Yorker: 'Junto a las aguas del Llobregat'


JUNTO A LAS AGUAS DEL LLOBREGAT

Dos mujeres y una niña pequeña
—de tres o tal vez cuatro años—descansan
bajo la sombra de unos abetos.


Desde lejos el rugido del mundo
va regresando una vez más.
Primero algunas palabras al vuelo

entre los hombres que se despiertan
y luego las máquinas
que se hablan entre sí en el idioma

que comparten con los cuerpos celestiales
—planetas, motas de polvo, lejanos sistemas solares—
y que saben lo que es necesario

hacer y lo hacen. Hace ya tanto tiempo,
piensas, de aquellos días, tan diferentes a estos,
bendecidos por vientos favorables

y olvidados en los himnos
que canturreábamos en el largo camino
volviendo del trabajo o en las fábulas infantiles

que intentábamos creer. Nadie repara
en la niña pequeña y sus vigilantes
han desaparecido y nadie se acurruca

bajo la sombra de los abetos.
El aire, brillante y en calma, se queda
de testigo, la única nube perdida

entre el cielo y este lugar no se mueve,
las montañas bajan la vista y guardan
distancia, en algún lugar lejos

el mar sigue trabajando para sí.
Junto a las aguas del Llobregat
nadie se sienta a llorar por los hijos

del mundo, junto al Ebro, el Tajo,
el Guadalquivir, junto a las aguas
del mundo nadie se sienta y llora.

(Philip Levine)
(El original, en el número del 24 de noviembre de 2014 del New Yorker, aquí)
(Traducción, Andrés Catalán)


27 de octubre de 2014

Más Edna St. Vincent Millay


NUNCA HA DE ARRANCARSE LA FRUTA

Nunca, nunca jamás ha de arrancarse la fruta de la rama
ni recogerse en toneles.
Aquel que quiera comer del amor ha de comerlo donde cuelga.
Aunque las ramas se doblen como juncos,
aunque la fruta madura manche la hierba o se arrugue en el árbol,
aquel que quiera comer del amor debe llevarse con él
solo lo que le quepa en la panza,
nada en el delantal,
nada en los bolsillos.
Nunca, nunca jamás ha de cogerse la fruta de la rama
ni almacenarse en toneles.
El invierno del amor es una bodega de arcones vacíos,
en un huerto que mulle el deterioro.

(Edna St. Vincent Millay)
(Traducción de Andrés Catalán)


 

19 de octubre de 2014

Un poema en 'Estación Poesía'

En el nº 2 de Estación Poesía, que dirige Antonio Rivero Taravillo y publica la Universidad de Sevilla, ha aparecido este poema que escribí a partir de la anécdota que alguien me contó (¿quién?) sobre alguien (¿quién?) que había comprado una casa en una urbanización fantasma, en la que era el único inquilino, rodeado de hormigón y calles a medio hacer. 

Dejo aquí el inicio del poema: para seguir leyendo, tan fácil como ir a la revista, aquí.

***

A VECES LA EXISTENCIA SE REDUCE A ESTAR
DENTRO DE UNA HABITACIÓN O FUERA DE ELLA



Resulta que he comprado una ventana. Mi casa
es espaciosa, es blanca y gris
y huele a hormigón recién armado. Es
una casa donde siempre es domingo,
donde campo a mis anchas
en un cuarto de estar desprovisto de esquinas,
sin un solo rincón y la parcela
daría para flores, algún árbol, tiene sitio
para que jueguen niños y que el grito
histérico de la vecina —¡Juan Luis,                       
el césped!
— se prenda de la copa
del seto, que se enrede allí y no llegue
aquí con más volumen que el murmullo
de la brisa en la hierba.

                                      Pero insisto:
la única cosa que compré resulto ser
una ventana. Y miento.
                                     Hay algo más.
La soledad. El lujo del silencio. El del espacio.               

—¿Os hablé del salón? ¿Os dije
que la pared se extiende como el mapa
de un país muy tranquilo y muy sin nadie
lleno de gotelé blanco y de esperanza?—
                           
La única enfermedad de nuestro siglo
—leí en algún lugar— pertenece a la carne,
por eso edificamos siempre con la piedra.
Y piedra es este dique que acorralan los días
donde el musgo no ovilla sabandija ni asiento
para futuras frondas, donde lo único
capaz de desplomarse es tal vez la ventana:
lo único que compré; el único contorno
que se desciñe un poco de la falta de pasmo,
con un cristal perfecto,
con un cristal blindado y las persianas
y su mecanismo infalible contra robos.


[...] Seguir leyendo -> aquí.

(Andrés Catalán, Estación poesía, nº2, p.31-34)







10 de octubre de 2014

e. e. cummings y la pintura



DE CARA A UNA EXPOSICIÓN: II (1945)

[cummings elabora una entrevista imaginaria en la que establece una conexión entre su pintura y su poesía]

¿Por qué pinta?
Por exactamente la misma razón que respiro.
Esa no es una respuesta.
No hay ninguna respuesta.
¿Desde cuándo no ha habido una respuesta?
Desde que soy capaz de recordar.
¿Y desde cuándo escribe?
Desde que soy capaz de recordar.
Me refiero a poesía.
Yo también.
Dígame, ¿no interfiere su pintura con su escritura?
Todo lo contrario: se aman sinceramente una a la otra.
Son muy diferentes.
Mucho: una es pintura y la otra es escritura.
Pero sus poemas son bastante difíciles de entender, mientras que sus pinturas son muy fáciles.
¿Fáciles?
Por supuesto—pinta flores y muchachas y atardeceres; cosas que entiende cualquiera.
Nunca le he conocido.
¿A quién?
A cualquiera.
¿Alguna vez ha oído hablar de pintura no figurativa?
Lo soy.
¿Perdone?
Soy pintor, y la pintura es no figurativa.
No toda la pintura.
No: la pintura de brocha gorda es figurativa.
¿Y qué se figura un pintor de brocha gorda?
Diez dólares la hora.
En otras palabras, no quiere hablar en serio—
Hace falta dos para hablar en serio.
Bueno déjeme ver... ah sí, una pregunta más: ¿en dónde vivirá cuando termine esta guerra?
En China; como de costumbre.
¿China?
Por supuesto.
¿En qué lugar de China?
En donde un pintor es un poeta.

(e. e. cummings, A Miscellany Revised, New York, 
               October House, 1965, pp. 316-17)
(Traducción, A. Catalán) 




4 de octubre de 2014

Un poema de Edna St. Vincent Millay


SONETO XI

Voy a olvidarte de inmediato, amor mío,
así que procura aprovecharlos, tu breve día,
tu breve mes, tu breve medio año,
antes de que te olvide, o me muera, o me vaya.

Y hemos terminado para siempre; a la larga
te olvidaré, como ya dije, pero ahora,
si me ruegas con tu mentira más encantadora
reaccionaré con mi promesa favorita.

De verdad preferiría un amor más duradero,
y que no fuera tan quebradiza una promesa,
pero es así, y la naturaleza se las ha ingeniado
para seguir avanzando sin descanso hasta ahora,

que logremos hallar o no lo que buscamos
es algo ocioso, biológicamente hablando.

(Edna St. Vincent Millay, 1892-1950)
(Traducción de A. Catalán)
(Original, aquí)