19 de marzo de 2019

Un poema de Mayakovski


UNA NUBE EN PANTALONES
(Fragmento)

A vuestro pensamiento
que sueña en reblandecidos cerebros
como un abotargado lacayo en un sofá pringoso,
voy a provocarlo con un sangriento harapo de mi corazón
hasta hartarme, insolente y mordaz.

Ni un solo cabello cano hay en mi alma,
¡y ningún rastro en ella de ternura senil!
Estremeciendo el mundo con mi voz atronadora,
camino... un buen mozo,
a mis veintidós.

¡Delicados!
Acostáis vuestro amor sobre violines
y sobre timbales lo echan los más toscos.
¡Pero no podéis volveros como yo del revés
para no ser nada más que solamente unos labios!

Venid y aprended:
desde el salón, vestida de batista,
la decorosa funcionaria de la liga angélica.
Y aquella cuyos labios se roza con la misma tranquilidad
con la que un cocinero pasa las páginas de un libro de cocina.

Si así lo queréis
me volveré loco con la carne
y, como el cielo, cambiaré de tonalidad,
si así lo queréis,
seré de una delicadeza impecable,
no un hombre, sino una nube en pantalones.

No creo que exista una Niza florida.
Una vez más vuelvo a cantar mis alabanzas
de los hombres rendidos como un hospital,
de las mujeres gastadas como una frase hecha.

(V. Mayakovski, Una nube en pantalones, 1915)
(Versión de Andrés Catalán)


2 de marzo de 2019

Dos poemas de Seamus Heaney

MUERTE DE UN NATURALISTA

Durante el año la balsa del lino se enconó
en el corazón del pago; verde y granado el lino
se pudría allí, lastrado por terrones gigantescos.
Se achicharraba a diario bajo un sol de justicia.
Burbujas delicadamente gorgoteadas, las moscardas
tejían una tupida gasa de sonido en torno del olor.
Había libélulas, mariposas moteadas,
pero lo mejor de todo era la espesa baba tibia
de huevas que crecía como un agua coagulada
a la sombra de la orilla. Todas las primaveras
solía llenar hasta arriba tarros de jalea con los granos
gelatinosos y los alineaba en los alféizares de casa,
en los estantes del colegio, y esperaba y vigilaba hasta que
los puntos engordados estallaban en forma de ágiles
renacuajos. La señorita Walls nos explicaba
que a la rana papá se la denominaba rana toro
y que croaba y que la rana mamá ponía
cientos de huevecillos y que esto eran las huevas
de rana. Con las ranas además podía predecirse el tiempo
pues eran amarillas si hacía sol y marrones
si llovía.

Entonces un día de calor cuando los campos hedían
a hierba llena de estiércol las ranas enfadadas
invadieron la balsa del lino; yo me adentré en los setos
agachado hacia un burdo croar que no había oído
nunca. El aire lo llenaba un coro de bajos.
Allí en la balsa las ranas barrigudas se alzaban en los terrones,
los cuellos fofos hinchados como velas. Algunas saltaban:
los golpes y chapoteos eran obscenas amenazas. Otras eran
como granadas de fango, pedorreando por sus chatas cabezas.
Me dio asco, me di la vuelta y corrí. Los grandes reyes del limo
se habían reunido allí por venganza y yo era consciente
de que si sumergía la mano las huevas la agarrarían.

**

HELICÓN PERSONAL

Para Michael Longley

De niño no podían mantenerme alejado de los pozos
y las viejas bombas con cabestrantes y cubos.
Me encantaba la oscura caída, el cielo atrapado, los olores
a algas, a hongos y a musgo húmedo y frío.

Uno, en un tejar, con una podrida tapa de madera.
Me recreaba en el sonoro estruendo de un cubo
al desplomarse al extremo de una soga.
Tan hondo que no se veía allí ningún reflejo.

Uno poco profundo bajo una acequia seca
fructífero como cualquier acuario.
Al arrancar las largas raíces del mantillo mullido
un rostro blanco se cernía sobre el fondo.

Otros tenían eco, te devolvían tu propio grito
con una perceptible nueva música. Y había uno
espantoso, pues allí, de los helechos y las altas
dedaleras una rata salió cruzando mi reflejo.

Ahora husmear en las raíces, toquetear el légamo,
quedarme mirando, ojiplático Narciso, un manantial
resulta indigno a mi edad. Rimo
para verme a mí mismo, para hacer resonar la oscuridad.


(Seamus Heaney, 100 poemas, traducción de Andrés Catalán, Alba, 2019)



24 de febrero de 2019

Un poema de P. P. Pasolini


Acabada la fiesta en una Roma sorda
a toda expectativa ingenua, acabado el día,
como basura al viento los pasos
del regreso, las voces, los silbidos, van
muriendo ampliamente por las calles, ya escasos
en los zaguanes. Es la pausa de la cena:
después, más tarde, con la pesadez inquieta
de la sombra sucia, sin aire, en la
ropa festiva de una gente extraña,
allí donde el caos de la ciudad se congela
en claridades de luces que jalonan
las calles tapiadas por una paz
de muerte, vuelve la antigua noche...
Por los abandonados paseos fluviales
las resplandecientes coronas de los faros,
alguna estrella al flanco de las nubes...
y en la periferia, de Testaccio
a Monteverde, se estanca un temblor
cansado y húmedo de voces de peatones
y de motores: remota incrustación
de nuestro mundo sobre el mudo universo.

(Pier Paolo Pasolini, Roma 1950. Diario, 1960)
(Traducción de Andrés Catalán)


18 de febrero de 2019

Otro poema de Ingeborg Bachmann

CIERTA CLASE DE PÉRDIDA

De uso compartido: las épocas del año, los libros y algo de música.
Las llaves, las tazas de té, la cesta del pan, sábanas y una cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, usados, gastados.
Unas normas de casa respetadas. Dichas. Hechas. Y siempre tendida la mano.

Me enamoré del invierno, de un septeto vienés y del verano.
De mapas, de una cabaña en la montaña, de una playa y una cama.
Un culto hecho de fechas, de irrevocables promesas,
de adorar un poco y ser devoto ante nada,

(...los periódicos doblados, las cenizas frías, el trozo de papel con una nota a mano)
de religión intrépida, puesto que la iglesia era esta cama.

De la vista del lago surgió mi inagotable pintura.
Desde el balcón había que saludar a la gente, mis vecinos.
A salvo junto a la chimenea cobraba su color más intenso mi pelo.   
Era el timbre de la puerta al sonar la alarma de mi alegría.

No es a ti a quien perdí,
sino al mundo.

(I. Bachmann)

(Traducción de A. Catalán)


16 de febrero de 2019

Cuatro estelas funerarias de los museos capitolinos de Roma


En esta respetable tumba Gliconia yace en paz: dulce de nombre, pero aún más dulce de espíritu. Nunca le preocupó la vida para ella demasiado austera, al contrario, con locura y placer prefirió embriagarse de vino e interpretar canciones con sencillez. A menudo se entretenía tejiendo con dulce amor suaves guirnaldas de flores para sí y para sus hijos, a los que dejó en su pubertad; los hijos que engendró eran hermanos a semejanza de Cástor y Pólux. Merecedora de una dichosa vida eterna, se apresuró hacia allí donde los buenos hados nos reclaman. Publio Mattio Chariton hizo construir esta tumba para su estimada esposa.

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A los espíritus de los antepasados. Aquí yazco, Claudio Diadumeno, de profesión poeta, en un tiempo enriquecido por los encargos del César, aunque nunca me dominó el amor por la fama; al contrario, siempre llevé una modesta vida. Oh Hyllo, oh padre, ya estamos juntos. No deseo crear una conmoción: esta casa es un lugar acogedor para ambos. Claudia Fructiana construyó este monumento para su digno esposo.

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A los espíritus de los antepasados. Los padres Lucio Attidio Kritias y Peregrina mandaron hacer este sepulcro para su dulcísimo hijo Kritias, que vivió 2 años, 7 meses, 15 días y 5 horas y media. Ah, extranjero, custodio a un jovencito de nombre Kritias, de 2 años y casi 8 meses, pero con la inteligencia de un anciano. Por esta razón partió llorando al Hades. En verdad, los espíritus malignos malograron su vida, igual que una tempestad del sur hace con una tierna planta.

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Para la dulce Geminia Ágata Mater. Mi nombre era Mater, pero no estaba destinada a ser madre. De hecho tan sólo viví 5 años, 7 meses y 22 días. Durante el tiempo que viví, disfruté y fui siempre amada por todos. De hecho, creedme, tenía cara de niño, no de niña; sólo mis progenitores me llamaban Ágata, de dulce temperamento, de gentil y noble apariencia, con el cabello rojo, corto por arriba y largo por detrás. Ahora todos vosotros me ofrecéis libaciones y rogáis por que la tierra no pese demasiado sobre mis restos. No sufras mucho por los restos de mi pequeño cuerpo, Favencio, que hiciste más por mí que mis padres, y que sólo a mí me amaste. De hecho, mi padre y mi madre me precedieron hace tiempo, y no sufrieron con mi destino. Tengo también una hermana de madre, Amoena, que está entristecida por mi muerte. Por favor, reconfortad a mi familia, recordadles la feliz vida que viví y rezad por que su dolor no se incremente y su tristeza no sea excesiva. Tú que lees, si lo quieres saber mi nombre completo es Geminia Ágata, a la que la prematura muerte llevó a edad temprana al Tártaro. Esto es todo, más no puede pasar: esto es lo que nos aguarda a todos.

(Versiones, A. Catalán)