2 de enero de 2013

Charles Simic: cómo resumir un año



UN AÑO EN FRAGMENTOS
Charles Simic

Durante el paseo de esta tarde he visto un escaparate repleto de manicuras trabajando, un frutero en la acera que regaba sus tomates y pimientos con una manguera y un farmacéutico que le vendía algo a un anciano mientras le guiñaba un ojo.

Estaba escribiendo un ballet para la radio, ¿o es que había oído mal en aquel ruidoso restaurante?

Hace cincuenta años la colada aún colgaba de las escaleras de incendios en el East Side. Los vecinos se sentaban en las escaleras de entrada charlando amigablemente en las tibias noches de verano y los muchachos aburridos lanzaban gatos desde las azoteas para pasar el rato. Los escritores y los poetas, destinados a permanecer ocultos, escribían febrilmente mientras todos los demás dormían y negras barcazas se deslizaban por el East River llevándose toneladas de basura hacia el mar.

Tengo un cajón lleno de relojes averiados, algunos de ellos pertenecientes a mis difuntos padres y otros míos, todos los que he sido incapaz de reunir el valor para tirar a lo largo de los años y que contemplo y acaricio al menos una vez al año.

Un gran Buda de piedra de la India soporta con una avergonzada sonrisa la humillación de ser fotografiado en un museo de Chicago con un grupo de revoltosos chicos de instituto, una chica con el pelo pintado de morado y un anillo en la nariz llega incluso a escalar a su regazo para rodear con un brazo su hombro como si fuera su novio o su querido tío.

Una habitación sin amueblar para alquilar con bastante luz y una mosca en el techo para hacerle a uno compañía.

"Jesús es disparar una pistola" en el lateral de una caravana en Alabama.

"¿Hay hoy porcentualmente más idiotas en el mundo que en otras épocas anteriores?" pregunta Teofil Pancic, un columnista de Vreme, el diario semanal de Belgrado. Su respuesta es que solamente lo parece, porque hoy se nos ve más, se nos oye más, y, por supuesto, estamos conectados mediante Internet. En el pasado, opina ingeniosamente, todo el mundo era un idiota independiente, aislado no solamente del resto de la humanidad, sino también de sus colegas idiotas, por lo que cuando se le ocurría alguna estupidez, no había oportunidad alguna de ser conocido instantáneamente por los idiotas en Tasmania o Uzbekistán.

SE BUSCA: Tragafuegos submarino busca una bailarina tántrica para unírsele en el fondo del mar y hacer juntos pompas de jabón.

Renovaron la sórdida manzana de pequeñas tiendas mal iluminadas con sus expositores de pulseras del amor, aros para la nariz, cartas del tarot y palitos de incienso en donde hace muchos años vi a un joven con sangre en la camisa blanca haciendo pompas de jabón en la acera, la cara chupada y afligida excepto cuando se llenaba los carrillos de aire.

Su vida, dijo ella, era un desafinado piano tocado con pasión.

Esta noche me he sentado a escuchar a cinco candidatos a la presidencia ofreciendo sus imaginarias soluciones para un país que no existe.

"Las enfermedades imaginarias son mucho peores que las reales, porque son incurables", me decía un viejo amigo que camina con cierta dificultad.

Cuando el huracán Sandy golpeó nuestra casa era como estar dentro de un submarino que sonaba como un tren de mercancías.

Mucho de lo que ven nuestros ojos y escuchan nuestros oídos se pierde en la traducción.

Pasado un coche calcinado, una nevera rota, y montones de electrodomésticos oxidados, corrimos cogidos de la mano hacia un campo cubierto de maleza en flor.

"Cuando Alfred estornudaba despertaba a los muertos". Me gustaría ver eso en su lápida.

"Un despertador sin manecillas, haciendo tictac en el vertedero municipal" es como se describía a sí mismo.

Da la impresión de que a los desnudos en un museo les gusta ser mirados tanto por hombres solitarios como por grandes grupos de gente. Es como si hicieran sobresalir más sus pechos, como si dejaran que los dedos se les deslizaran un poco más abajo hacia la entrepierna. Solo los guardias, observo, mantienen la mirada baja como si las mujeres que estamos comiéndonos con los ojos fueran sus mujeres y sus hijas.

No hay nada más libidinoso que la mente de un mojigato.

Esta cucaracha que asciende a toda prisa por la pared de la cocina debe de haberle echado un vistazo a su reloj.

En las edades pasadas, cuando los ministros del rey y los astrólogos predecían erróneamente el resultado de alguna campaña militar y conducían al país a la catástrofe, eran públicamente torturados y ejecutados. En nuestros días, continúan siendo considerados como expertos en política exterior y aparecen con frecuencia en la televisión y en las páginas de opinión difundiendo nuevas y desastrosas políticas para la nación.

No hay nada más aburrido en toda la creación que un poeta que le dice al lector que está escribiendo un poema, que está usando palabras.

En un escaparate abarrotado de una tienda de antigüedades, entre jarrones de porcelana china y relojes de mesa, hay una pintura al óleo en un marco muy ornamentado de alguna batalla de las Guerras Napoleónicas. Los cañones aún escupen fuego, la caballería carga con banderas flameando a través del humo negro, pisoteando a los muertos o a los heridos que se retuercen en su agonía, o que yacen en torno tranquilamente en esta mañana cálida y húmeda de Nueva York, las calles vacías excepto por el camión de la basura que realiza breves, jadeantes paradas y molesta a unas pocas palomas.

Le entregaron al amable y anciano caballero que me encontré en la feria de repostería una buena cantidad de medallas por la miseria que causó en algún país que ya nadie podrá encontrar nunca más en el mapa.

Deberíamos poner un cartel, "Lecciones gratis de tambor", dice mi mujer, para anunciar al pico picapinos de nuestro jardín que nos está volviendo locos.

Un vagabundo, desnudo hasta la cintura en medio del calor veraniego, rasguea una guitarra invisible mientras un chico y una chica pasan a su lado besuqueándose.

Al no tener nada que decirle a ella, hizo un avión de papel. Voló alrededor de su hermosa cabeza y se precipitó en su tazón de sopa de guisantes.

Me apuesto a que todos nuestros electos representantes en Washington emplean una considerable cantidad de tiempo enfrente de los espejos admirándose a sí mismos. Alzan las narices y las barbillas, miran fijamente al frente sin mover ni una ceja ni un músculo, después sacuden la cabeza solemnemente y se sonríen mientras salen a encontrarse con el pueblo.

Se sentó en un banco del Washington Square Park a susurrarle algo extremadamente confidencial a su perro, que estaba sentado enfrente de él con las orejas tiesas, meneando la cola prudentemente de vez en cuando.

El nombre del camarero era Drácula; o debería haberlo sido. Me trajo dos tostadas seriamente quemadas en un plato blanco.

Ahora que lo pienso, una vez vi a un hombre vestido por completo como un indio, plumas y todo, cruzar la octava con la treinta y ocho a las cinco de la mañana comiéndose un trozo de pizza.

Una larga noche revolviéndome y girándome en la cama de un hotel, incapaz de dormir. Mientras tanto, en la habitación de al lado, una pareja que había llegado tarde no había podido dejar de reírse durante lo que me habían parecido horas. De vez en cuando me apetecía levantarme y golpear la pared para hacerles parar, pero me daba miedo que se callaran y me dejaran solo con mis pensamientos.

Infligir dolor en los débiles es el afrodisíaco de los poderosos. Toda persona instruida en los Estados Unidos sabe que la Seguridad Social es solvente y seguirá siendo solvente durante décadas. La única razón por la que nuestro Presidente y nuestros dos partidos políticos quieren juguetear con ella es para satisfacer a los sádicos que hay entre sus adinerados contribuyentes a los que su dinero y su poder no les aportará felicidad mientras los pobres, los enfermos, y los ancianos no nos quedemos completamente desamparados.

La cruz que todo hombre y mujer debe cargar durante su vida son incluso más visibles en este anochecer oscuro y lluvioso de noviembre.

Mi vida es tan real como la tuya, decía el grillo en el matorral mientras iba cayendo la noche.

 CHARLES SIMIC, 31 de diciembre, 2012
NEW YORK REVIEW OF BOOKS


(Traducción de Andrés Catalán)
(El original, aquí).