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27 de febrero de 2015
17 de diciembre de 2014
Un poema reciente de Robert Pinsky
EN COMPAÑÍA DE FIDEOS
El Tomatl, traído desde México, fue en su día
tomado por venenoso hasta que un clérigo destapó
el error al comerse uno en la iglesia.
Pero esa historia es en sí misma engañosa, una leyenda
como la de Washington echando abajo un cerezo.
Emparentado con la belladona. No tóxico. Exótico.
Cristóbal Colón llevó hasta Italia el pomo d'oro
al tiempo que Marco Polo traía los fideos desde Asia.
En las viejas películas americanas algunas veces dicen
"tomate" refiriéndose a una mujer, algo así como "pastelito":
un menosprecio ocasional que ahora abucheamos.
Por aquel entonces mi abuela llamaba a los italianos "fideos".
Los espaguetis con salsa de tomate son aztecas y chinos.
Fideos del Este. Manzanas de oro del Oeste.
Invenciones criollas que el tiempo depura. Tipico
italiano. Por eso Nana podía advertirme en yiddish
sobre Joe Cittadino, "No te juntes con luckshens".
"Doro" debe implicar que los primeros fueron amarillos,
y al cultivarlos se volvieron rojos. O quizá el nombre
es otro malentendido; solamente la Sibila
lo sabe, la que lo escribió en una hoja que se perdió en el viento.
(Robert Pinsky, en el nº 140, invierno 2015, de la estupenda revista The Threepenny Review)
(De la traducción, Andrés Catalán)
(El original puede leerse aquí)
Etiquetas:
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11 de diciembre de 2014
La camisa, de Robert Pinsky
En el New Yorker han colgado un video realizado por el Nantucket Project (al final de este post) del poema 'La camisa' de Robert Pinsky donde recitan él mismo, Herbie Hancock, el rapero Nas, la actriz Kate Burton y Elisa New.
He aprovechado para retocar la traducción del mismo poema que apareció en Ginza Samba (Vaso Roto, 2014), la antología de poemas que preparamos Luis Alberto Ambroggio y yo.
LA CAMISA
La espalda, el canesú, la tela. Las costuras dobladas,
las puntadas casi invisibles a lo largo del cuello
cosidas en una fábrica clandestina por coreanos o malayos
que chismorrean en el descanso entre el té o los fideos
o hablan de dinero o política mientras uno encaja
esta manga con su tejido extra en la banda
del puño que abotono en mi muñeca. La prensa, la cortadora,
el exprimidor, el rodillo. La aguja, la unión,
el pedal, el carrete. El código. El infame incendio
en la Fábrica Triangle en mil novecientos once.
Ciento cuarenta y seis murieron en las llamas
en el noveno piso, sin extintores, sin escaleras de incendios;
el testigo, en un edificio al otro lado de la calle,
que observó cómo un muchacho ayudaba a una chica a subirse
al alféizar de la ventana, y después la sostenía fuera
lejos de la pared de ladrillos y la dejaba caer,
y luego a otra. Como si estuviese ayudándolas
a entrar en un tranvía y no en la eternidad.
Una tercera antes de que la soltara le puso los brazos
alrededor de su cuello y lo besó. Entonces la sostuvo
en el espacio y la dejó caer. Casi al mismo tiempo.
Él mismo se subió al alféizar, su chaqueta flameó
Y se agitó sobre la camisa a medida que caía,
con el aire llenándole las piernas de sus pantalones grises;
igual que al demente de Hart Crane “se le hincha la camisa chillona".
Fascinante cómo el diseño combina perfectamente
a lo ancho de la solapa y sobre los remates bordados
en las esquinas de ambos bolsillos, como una rima estricta
o un acorde mayor. Estampados, telas escoceas, cuadros,
diseño pata de gallo, Tattersall, Madrás. Los tartanes
inventados por los dueños de los telares inspirados por el engaño de Ossian
para controlar a sus salvajes obreros escoceses, domesticados
por una heráldica inventada: MacGregor,
Bailey, MacMartin. El kilt, diseñado para que los obreros
la vistieran entre los ruidosos y polvorientos telares.
Tejedores, cardadores, hilanderos. El cargador,
el estibador, el peón. El sembrador, el recolector, el clasificador
sudando con su máquina en un desorden de algodón
como los esclavos con turbantes de percal sudaban en los campos:
George Herbert, tu descendiente es una Mujer
Negra de Carolina del sur, su nombre es Irma
y ella ha inspeccionado mi camisa. Su color y su ajuste
y su tacto y su olor a limpio nos ha dejado satisfechos
tanto a ella como a mí. Hemos elegido el precio y las calidades
de los botones de hueso falso,
los ojales, la talla, la entretela, las letras
impresas en negro en la tira del cuello y el faldón. La hechura,
la etiqueta, la mano de obra, el color, el tono. La camisa.
(Robert Pinsky)
(Traducción, Andrés Catalán)
o hablan de dinero o política mientras uno encaja
esta manga con su tejido extra en la banda
del puño que abotono en mi muñeca. La prensa, la cortadora,
el exprimidor, el rodillo. La aguja, la unión,
el pedal, el carrete. El código. El infame incendio
en la Fábrica Triangle en mil novecientos once.
Ciento cuarenta y seis murieron en las llamas
en el noveno piso, sin extintores, sin escaleras de incendios;
el testigo, en un edificio al otro lado de la calle,
que observó cómo un muchacho ayudaba a una chica a subirse
al alféizar de la ventana, y después la sostenía fuera
lejos de la pared de ladrillos y la dejaba caer,
y luego a otra. Como si estuviese ayudándolas
a entrar en un tranvía y no en la eternidad.
Una tercera antes de que la soltara le puso los brazos
alrededor de su cuello y lo besó. Entonces la sostuvo
en el espacio y la dejó caer. Casi al mismo tiempo.
Él mismo se subió al alféizar, su chaqueta flameó
Y se agitó sobre la camisa a medida que caía,
con el aire llenándole las piernas de sus pantalones grises;
igual que al demente de Hart Crane “se le hincha la camisa chillona".
Fascinante cómo el diseño combina perfectamente
a lo ancho de la solapa y sobre los remates bordados
en las esquinas de ambos bolsillos, como una rima estricta
o un acorde mayor. Estampados, telas escoceas, cuadros,
diseño pata de gallo, Tattersall, Madrás. Los tartanes
inventados por los dueños de los telares inspirados por el engaño de Ossian
para controlar a sus salvajes obreros escoceses, domesticados
por una heráldica inventada: MacGregor,
Bailey, MacMartin. El kilt, diseñado para que los obreros
la vistieran entre los ruidosos y polvorientos telares.
Tejedores, cardadores, hilanderos. El cargador,
el estibador, el peón. El sembrador, el recolector, el clasificador
sudando con su máquina en un desorden de algodón
como los esclavos con turbantes de percal sudaban en los campos:
George Herbert, tu descendiente es una Mujer
Negra de Carolina del sur, su nombre es Irma
y ella ha inspeccionado mi camisa. Su color y su ajuste
y su tacto y su olor a limpio nos ha dejado satisfechos
tanto a ella como a mí. Hemos elegido el precio y las calidades
de los botones de hueso falso,
los ojales, la talla, la entretela, las letras
impresas en negro en la tira del cuello y el faldón. La hechura,
la etiqueta, la mano de obra, el color, el tono. La camisa.
(Robert Pinsky)
(Traducción, Andrés Catalán)
22 de junio de 2014
Un poema de Robert Pinsky
Acaba de aparecer en Vaso Roto Ginza Samba: Poemas escogidos, una selección de poemas del norteamericano Robert Pinsky que he traducido junto a Luis Alberto Ambroggio. Como ya he hablado otras muchas veces de Pinsky (aquí), me limitaré a compartir un poema del libro como invitación a adentrarse en una obra que me parece fascinante.
LA CIUDAD
Vivo en la pequeña aldea del presente
pero últimamente ya no sé cómo se llaman mis vecinos.
Más y más a menudo paso mis días en la Ciudad:
la gran metrópolis en la que puedo tener la esperanza
de vislumbrar imponentes espíritus cruzando la calle,
almas resistentes como la cucaracha y el pez pulmonado.
Cuando era joven, vivía en una aldea diferente.
Teníamos desfiles: el circo, el fuerte cercano.
Y el rabino Gewirtz inventó un juego llamado «Béisbol».
Para alcanzar primera base tenías que cantar correctamente
dos versos en hebreo. Los errores eran eliminaciones.
Un strike por cada tartamudeo o titubeo.
Los chicos dábamos gracias a la benevolencia del rabí,
cómo lograba equilibrar la inmensidad de las palabras
escritas en letras de fuego por el mismísimo Dios
con nuestro simple béisbol, con las cosillas que sabíamos...
O quizás recuerde yo mal, quizás los chicos pensábamos
(no había chicas) que el béisbol era la Ciudad
y que el lenguaje que aprendíamos a base de repetir
–con un poco de atención al significado, de vez en cuando–
era algo pequeño y local. Las Grandes Ligas, la Ciudad.
A uno de los chicos lo mataron pocos años después,
vistiendo el uniforme, a miles de millas de distancia.
Era un muchacho estúpido: las veces que yo hacía de capitán,
si se las arreglaba para llegar hasta primera base,
nunca lo dejaba avanzar dos líneas
para forzar un doble. Hace tantísimo tiempo...
A veces creo que nunca he visto la Ciudad,
que el lugar donde he estado es solo un barrio infame
en el que me convenzo de que estoy en el centro.
O: salvajadas, decapitaciones, ejecuciones en masa,
tropas con órdenes de violar y humillar –las noticias,
los Salmos, las epopeyas–, ¿y si la Ciudad es eso?
Gewirtz, nos contó, significa mercader de especias.
Anís y mejorana para el embalsamamiento de cadáveres,
para conservar o mejorar la comida y la bebida:
la materia de la civilización, como los juegos o los versos.
La otra noche soñé con aquel muchacho,
aquel insensato que murió en la guerra:
acercaba la silla para mirar hacia la pared.
Yo pretendía que leyera del libro de oraciones.
Él no contestaba, no iba a jugar a ese juego.
(Robert Pinsky, Ginza Samba: Poemas escogidos, Vaso Roto, 2014)
(Traducción, A. Catalán)
LA CIUDAD
Vivo en la pequeña aldea del presente
pero últimamente ya no sé cómo se llaman mis vecinos.
Más y más a menudo paso mis días en la Ciudad:
la gran metrópolis en la que puedo tener la esperanza
de vislumbrar imponentes espíritus cruzando la calle,
almas resistentes como la cucaracha y el pez pulmonado.
Cuando era joven, vivía en una aldea diferente.
Teníamos desfiles: el circo, el fuerte cercano.
Y el rabino Gewirtz inventó un juego llamado «Béisbol».
Para alcanzar primera base tenías que cantar correctamente
dos versos en hebreo. Los errores eran eliminaciones.
Un strike por cada tartamudeo o titubeo.
Los chicos dábamos gracias a la benevolencia del rabí,
cómo lograba equilibrar la inmensidad de las palabras
escritas en letras de fuego por el mismísimo Dios
con nuestro simple béisbol, con las cosillas que sabíamos...
O quizás recuerde yo mal, quizás los chicos pensábamos
(no había chicas) que el béisbol era la Ciudad
y que el lenguaje que aprendíamos a base de repetir
–con un poco de atención al significado, de vez en cuando–
era algo pequeño y local. Las Grandes Ligas, la Ciudad.
A uno de los chicos lo mataron pocos años después,
vistiendo el uniforme, a miles de millas de distancia.
Era un muchacho estúpido: las veces que yo hacía de capitán,
si se las arreglaba para llegar hasta primera base,
nunca lo dejaba avanzar dos líneas
para forzar un doble. Hace tantísimo tiempo...
A veces creo que nunca he visto la Ciudad,
que el lugar donde he estado es solo un barrio infame
en el que me convenzo de que estoy en el centro.
O: salvajadas, decapitaciones, ejecuciones en masa,
tropas con órdenes de violar y humillar –las noticias,
los Salmos, las epopeyas–, ¿y si la Ciudad es eso?
Gewirtz, nos contó, significa mercader de especias.
Anís y mejorana para el embalsamamiento de cadáveres,
para conservar o mejorar la comida y la bebida:
la materia de la civilización, como los juegos o los versos.
La otra noche soñé con aquel muchacho,
aquel insensato que murió en la guerra:
acercaba la silla para mirar hacia la pared.
Yo pretendía que leyera del libro de oraciones.
Él no contestaba, no iba a jugar a ese juego.
(Robert Pinsky, Ginza Samba: Poemas escogidos, Vaso Roto, 2014)
(Traducción, A. Catalán)
29 de mayo de 2014
Sobre Rusell Edson
El verano pasado me topé con la poesía de Russell Edson en un artículo de Vila-Matas sobre Lydia Davis (esta le mencionaba que "por cada millón de poemas que lamentan el cruel destino de un alma
profundamente incomprendida, existe un poema divertido de Russell Edson) y, tras leer algunos, entusiamado por la mezcla de absurdo, lírica e insolencia, traducirlos a toda velocidad, mandarme un par de emails con Vila-Matas, tras algún otro artículo (aquí) y alguna otra traducción, salió una selección hecha por mí en un número reciente de Cuadernos Hispanoamericanos. Unas semanas después de todo esto, Edson moría a la edad de 79 años.
Poco sabía de Edson entonces y poco sé ahora: era un tipo alejado de la escena literaria, "a bit reclusive", me dijo Robert Pinsky cuando le pregunté, algo huraño, del que no es fácil conseguir demasiados datos. Pero siguen fascinándome su falta de pretensión literaria, su desenfado, su alegría. En las grabaciones que hay de él el público suele guardar un silencio incómodo y dubitativo, sin saber si hay que reirse de estos "poemas" o por el contrario tomárselos en serio, hasta que el propio Edson estalla en carcajadas ante sus propios despropósitos verbales y el público se le une aliviado. Es un tipo que difícilmente puede caerte antipático. Hace poco Charles Simic recordaba a su amigo Edson (aquí), y describía bien la manera en que este abordaba los poemas:
"Edson decía que quería escribir sin deudas u obligaciones hacia ninguna forma o idea literaria, una poesía liberada de la definición de poesía y una prosa libre de las necesidades de la ficción, liberada incluso de su autor y de sus propias expectativas. Lo que le hacía apreciar los poemas en prosa, decía, es su torpeza, su falta de ambición, y su sentido de lo raro. Si el producto acabado resultaba ser una obra literaria, esto era solamente algo fortuito respecto a sus intenciones. En otras palabras, concebía la poesía como un avión de hierro fundido que vuela esporádicamente, principalmente debido a que a su piloto no parece preocuparle si vuela o no. La verdadera sorpresa llega cuando nos damos cuenta de que lo que estamos leyendo no es la labor de un bromista, sino la de un pensador satírico y serio".
Uno de los poemas que más me gustan, especialmente cruel, es el siguiente:
SIMIO
No te has terminado tu
simio, le dijo madre a padre, que tenía pelo de mono y sangre en las barbas.
Suficiente mono, gritó
padre.
No te comiste las
manos, y me tomé la molestia de hacer aritos de cebolla para los dedos, dijo
madre.
Picaré un poquito de
su frente, y con eso bastará, dijo padre.
Le he rellenado la
nariz con ajo, tal y como te gusta, dijo madre.
¿Por qué no haces que
el carnicero te trocee estos simios? Lo pones entero en la mesa cada noche; el
mismo cráneo fracturado, la misma piel chamuscada, como alguien que hubiera
muerto horriblemente. Esto no son cenas, son disecciones post-mortem.
Prueba un pedacito de
encía, le he rellenado la boca de pan, dijo madre.
Agh, parece una boca
llena de vómito. ¿Cómo voy a hincarle el diente a la mejilla con el pan
derramándosele de la boca? gritó padre.
Parte una de las
orejas, están tan crujientes, dijo madre.
Daría lo que fuera por
que les pusieras calzoncillos a estos simios; aunque fuera un suspensorio,
aulló padre.
Padre, cómo te atreves
a insinuar que veo al simio como algo más que simple carne, aulló madre.
Bueno, ¿qué hay de esa
cinta atada con un lazo en sus partes nobles? aulló padre.
¿Estás diciendo que
estoy enamorada de esta criatura inmunda? ¿que rendiría mi abertura de mujer a
esta bestia? ¿Que después de que hubiéramos hecho el amor en el suelo de la
cocina lo metería en el horno, tras romperle la cabeza con una sartén; y que se
lo serviría después a mi marido, para que mi marido se comiera las pruebas de
mi infidelidad...?
Solo digo que estoy
jodidamente harto de cenar simio cada noche, gritó padre.
(Russell Edson)
(Traducción de A. Catalán)
22 de abril de 2013
Pinsky, poesía y política
Pregunta: Son estos tiempos quizá algo difíciles para escribir poesía, para producir un discurso estético en medio de la crisis social y económica que nos rodea. ¿Puede el poeta influir en su realidad? ¿Cuál es tu opinión sobre la poesía social?
R. Pinsky: Nada está prohibido y nada debe ser ignorado. Nada se exige. Mi particular forma de pensar y escribir se siente atraída por aquello que aparece en los periódicos. Gulf Music [Música del Golfo] (2008) tomó forma a partir de la rabia que sentía hacia la administración de George W. Bush, hacia las mentiras y las traiciones del Fiscal General el señor Alberto Gonzáles, el señor Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa, de la señora Condoleezza Rice, Secretaria de Estado, del señor Dick Cheney, Vicepresidente. Sus acciones en el Golfo Pérsico y el Golfo de México...
Pero no hay ningún tema que se exija ni ningún tema que se prohíba. Y una política excelente puede crear poemas terribles... aunque no creo que lo opuesto sea cierto: Montale tiene un ensayo maravilloso sobre poesía fascista, sobre cómo no hubo ninguna o casi ninguna, esa oda sobre las manos de Mussolini...
(Más, en el último número (754) de Cuadernos Hispanoamericanos)
2 de noviembre de 2012
Robert Pinsky en 'Cuadernos Hispanoamericanos'
Siempre me gustaron los primeros versos de ese poema que salía en el capítulo de los Simpsons en que Lisa acude a un recital de poesía en la universidad. Acaba de salir en Cuadernos Hispanoamericanos (Noviembre de 2012, nº 749) una traducción mía de ese poema, 'Imposible de contar'. Dejo aquí los primeros versos:
IMPOSIBLE DE CONTAR
Para
Robert Hass y en memoria de Elliot Gilbert
Lento dulcimer, gavota y arco, en otoño
Bashô y sus amigos salen a mirar la luna;
en verano, arcoiris de gasolina en la cuneta,
la secreta cortesía que corre como icor
por la versión antigua de un chiste grosero a gran escala,
imposible de contar por escrito. "Bashô"
se llamó a sí mismo, "Platanero": plátano
como la planta que unos alumnos le entregaron,
quizás en agradecimiento a sus consejos
al atravesar una larga noche por las reglas y canales
del poema encadenado, colectivo,
compuesto en el corazón de su profesor: vivo, rígido, fluido
como pasajes grabados en un circuito microscópico.
Elliot sabía de memoria tantos chistes
que parecían reproducirse como microbios en un cultivo
en su cerebro, cada uno dando paso a tantos otros
que era imposible poder contarlos todos:
en la cultura cortesana de los chistes, el mandamás.
[...]
(Traducción de A. Catalán)
El original, con una explicación del autor, y leído por él mismo, aquí.
12 de junio de 2012
21 de mayo de 2011
Un poema de Robert Pinsky
Robert Pinsky (New Jersey, 1940), poeta laureado desde el año 1997 hasta el 2000 (el único que hasta la fecha lo ha sido durante tres años), poeta, crítico y ensayista, es posiblemente conocido en España únicamente por haber salido en un episodio de los Simpsons (leyendo esto) (Temporada 13, episodio 289).
Sobre él, más, aquí.
MURIENDO
Nada que decir sobre ello, y todo—
el cambio de los cambios, más cerca o más lejos:
el Golden Retriever de al lado, Gussie, ha muerto,
como Sandy, el Cocker Spaniel tres puertas más abajo
que murió cuando yo era pequeño; y cada día
cosas que estuvieron en mi memoria se apagan y mueren.
Las frases se extinguen: primero, todo el mundo olvida
que es un roblón; después tras ciertas décadas
en una metáfora obsoleta, "muerto como un roblón" parpadea
y se disipa. Pero alguien que conozco está muriéndose—
y aunque uno podría decir embaucadoramente, "como todos",
el ritmo diferente es lo que hace que la diferencia sea absoluta.
Las pequeñas y visibles esporas en el aire que respiramos,
que se posan inofensivas en nuestros vasos de agua
y en nuestra piel, por casualidad se juntan
bajo ciertas condiciones sobre el suelo del bosque,
o incluso en cierto rincón en sombra del césped—
y durante la noche los carnosos, pálidos tallos se congregan,
el incoloro crecimiento sin una flor ni hoja;
y alrededor de los tallos, la hierba sigue creciendo
con presión firme, como los pelillos insistentes
que crecen en la cara entre afeitados, las uñas
creciendo y muriendo en los pies y los dedos
con su propio y modesto ritmo, inconscientes
como las sosas polillas, que viven una noche o dos—
aunque como una polilla un alma brillante continúa latiendo,
aburrida e impaciente en la boca del monstruo.
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