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17 de septiembre de 2014

Frank O'Hara+Michael Goldberg


POR QUÉ NO SOY PINTOR

No soy pintor, soy poeta.
¿Por qué? Creo que preferiría ser
pintor, pero no lo soy. Bueno,
por ejemplo, Mike Goldberg
ha empezado un cuadro. Me paso por allí.
"Siéntate y tómate algo" me
dice. Bebo; bebemos. Alzo
la vista. "Has escrito SARDINAS".
"Sí, le hacía falta algo ahí".
"Ah." Y me voy y pasan los días
y me vuelvo a pasar por allí. El cuadro
marcha, y yo me voy, y los días
pasan. Me paso a verlo. El cuadro
está acabado. "¿Qué sucedió con SARDINAS?"
Todo lo que queda son
letras, "Era demasiado", dice Mike.

¿Pero y yo? Un día estoy pensando en
un color: naranja. Escribo un verso
acerca del naranja. Muy pronto es una
página entera de palabras, no unos versos.
Después otra página. Debería de haber
mucho más, no solo del naranja, de
palabras, de lo terrible que es el naranja
y la vida. Los días pasan. Incluso es en
prosa, soy un verdadero poeta. Mi poema
está acabado y no he mencionado
aún el naranja. Son doce poemas, lo titulo
NARANJAS. Y un día en una galería
veo el cuadro de Mike, titulado SARDINAS.

(Frank O'Hara)
(Traducción de Andrés Catalán) 
(Original, aquí)

'Sardines', de Michael Goldberg, Smithsonian American Art Museum

12 de abril de 2013

"El robo de El grito", de Monica Youn


EL ROBO DE EL GRITO

Fue un trabajo sin apenas sofisticación, el robo de El grito.
Eso lo sabemos con certeza, y lo que dejaron —
una escalera ordinaria, una ventana rota,
y cincuenta y un segundos de video, abstractos como una obertura.

¿Y el resto? No lo sabemos. Pero podemos imaginarnos
como la luz de la luna entra a través de la ventana
proyectando un brillo sobre todas las cosas — los cuadros,
las baldosas del suelo, las cuerdas de terciopelo: un patrón único y definido;

la estática histeria de la figura dotada de repente de ironía
por el hecho de que hay algo que sucede realmente; las casas
que se llevan mil manos de tejas a las estupefactas mejillas
a lo largo de la carretera de Oslo a Asgardstrand;

los guardias que entran a la carrera — ¡pero tarde! — para ser recibidos
solo por la sonrisilla desdentada de los muros del museo;
y colgada del cable del cuadro como un anzuelo y su carnada,
una postal: "Gracias por la pésima seguridad".

Los policías, perdidos cual turistas, prosiguen con sus susurros
por las galerías: "¿... pero que significa todo esto?"
Alguien tiene las respuestas, alguien que, al sujetar el marco,
se vio la cara roja por el sol reflejada en ese familiar cielo turbulento.

(Monica Youn, Barter, 2003)
 (Traducción, Andrés Catalán)


11 de enero de 2012

La verdad en pintura

Alexander & Susan Maris, The Truth in Painting, 2006

Instalación de Alexander y Susan Maris: dos lienzos pintados con las cenizas, en medio acrílico, de dos volumenes de La verdad en pintura, de Jacques Derrida, uno leído (el de la izquierda) y otro sin leer (el de la derecha). Algo más, aquí.

10 de septiembre de 2011

Qué bellas perspectivas

_
Poseer una cosa es a su vez perderla.
Elegir un motivo; desafiar un cuarto;
fingir que hay un espacio; arruinar un paisaje.

Si estrechas la verdad entre líneas de fuga
las ventanas del fondo disfrazarán el prado
que se extiende sin nombre bajo la trayectoria

de una abstracción de pájaros. Será
la mansedumbre de la composición emblema
de aquello que pretendes y eso es todo:

nada se salva entonces aunque cierres el puño,
aunque plantes banderas y alrededor reclames
segundos territorios. Nada servirá entonces

-por mucho que repliques- para algo
que no sea esperar, mirar, decir adiós
y basta.


19 de julio de 2011

Los cazadores de Brueghel: tres versiones

PAISAJE INVERNAL

Los tres hombres que descienden por la colina invernal
en ropajes marrones, con largas pértigas y una jauría
pegada a los talones, a través de la disposición de los árboles,
pasadas las cinco figuras junto a la hojarasca quemándose,
regresando fríos y callados a su ciudad,

regresando a la nieve amontonada, la pista de hielo
alegre y llena de niños, a los mayores,
los anhelados compañeros que nunca pueden alcanzar,
la luz azul, hombres con escaleras, cerca de la iglesia
el trineo y la sombra en la calle crepuscular,

no saben que en el arenoso tiempo
que ha de venir, ocurrido ya el grosero menoscabo
de la historia, serán vistos sobre la cima
de esa misma colina: cuando toda su compañía
se haya perdido sin remedio,

estos hombres, en particular estos tres vestidos de marrón
a los que los pájaros observan, conservarán la escena y nos dirán
a partir de su configuración con los árboles,
el pequeño puente, las casas rojas y el fuego,
qué lugar, qué tiempo, qué ocasión matutina

los envió al bosque, una jauría
pegada a los talones y las largas pértigas sobre los hombros,
para de allí volver tal como ahora los vemos y
con nieve hasta las rodillas descender la colina
invernal, mientras tres pájaros los observan y un cuarto alza el vuelo.

(John Berryman, Los desposeídos, 1948)
(Traducción de A. Catalán)


LOS CAZADORES EN LA NIEVE

En conjunto el cuadro es el invierno
gélidas montañas
al fondo el regreso

de la cacería es hacia el atardecer
desde la izquierda
los robustos cazadores guían

su jauría el letrero de la posada
colgando de un
gozne roto es un venado un crucifijo

entre sus astas el frío
patio de la posada está
desierto salvo por la fogata enorme

que flamea al viento atendida por
mujeres que se agrupan
en torno a la derecha más allá

de la colina hay un motivo de patinadores
Brueghel el pintor
preocupado por todo esto ha escogido

un arbusto azotado por el viento como
primer plano para
completar su cuadro

(William Carlos Williams, Cuadros de Brueghel, 1962)
(Traducción de A. Catalán)


REGRESO DE LOS CAZADORES
(Brueghel el Viejo)

Podemos esperar a que desciendan
la colina los pobres cazadores
y su hambrienta jauría que no tiene
ni para un mal bocado con la única
liebre cobrada para tanto blanco.

Y acercarnos al fuego que alimentan
los mesoneros bajo el colgadizo.

Y, mientras esperamos, deslizar
la mirada por todos los canales
helados, por el cielo
verde, por las montañas que rechazan
la nieve de lo abruptas;
ver los patinadores del domingo
—¡qué caída se ha dado aquél!—, el puente
por donde pasa la mujer del loco
cargada con un haz de leña. Cuatro
campanarios se ven, una carreta
por el camino principal, un hombre
allá a lo lejos solo, la escalera
del deshollinador y los tejados
blancos y...¡mira el humo cómo sale!

Podemos esperar —ya están llegando
al puente de ladrillo— a que se pierdan
de vista tras la casa del herrero.
Y saltar por encima de la zarza
y coger la pendiente —¡hasta se puede
bajar rodando! — hasta el canal más próximo.

Sí, porque, aunque tengo frío y cien florines
en la bolsa, me da muy mala espina
el que esté desprendido el rótulo de un lado
y la ventana abierta.

No, porque —y como señal de que no debo
moverme de mi sitio— cada poco
cruzan por turno el aire las urracas
descuideras, tachando la posible
apacibilidad con una línea
de tinta negra (el blanco de su vientre
sin querer se confunde con la nieve).

(Aníbal Núñez, Figura en un paisaje, 1974)

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