Mostrando entradas con la etiqueta Aníbal Núñez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Aníbal Núñez. Mostrar todas las entradas
5 de febrero de 2014
El danzarín de su órbita
"El danzarín de su órbita", título robado de un capítulo del genial libro La vida dañada de Aníbal Núñez (Delirio, 2013), un poema inédito en el blog de Pre-textos, aquí o con un click en la imagen.
26 de diciembre de 2012
Poema para un naufragio
HIMNO DEL DESOLADO
Qué hacer para mostrarse solidario
de la ruina. Arruinarse. No es astuta
la hiedra que derrumba; el viento menos
que echa tejas abajo. El atributo
de la desolación florece, crece:
vida sin colorín que sustituya
donde vida no habrá. Se poda el canto
no para su esplendor, para el embuste
mandado a suplantar. Nazca el asombro
donde no -es invisible la mano, la sonrisa
es norma- quedan brotes de otra especie.
Como la hiedra crezca terco el asombro
y, si abatido, más; hasta un abismo
-de qué hablar a los cómplices- de fértiles,
inútiles lianas: que así la ruina, al menos,
se aniquile dejando a la victoria
el campo libre para sus batallas,
pues nosotros -se suman otras voces-
llegados a este punto hemos tomado
la ilustre decisión de naufragar.
(Aníbal Núñez, recogido en Obra Poética II, Hiperión, 1995)
31 de julio de 2012
Recordando a Aníbal Núñez con un poema de LJM
De varia y tardes con Aníbal Núñez
Para Pepe Núñez y Ángela San Francisco
¿Aníbal? ¿Está Aníbal?
Enseguida se pone, y
escuchaba
la voz firme y timbrada
de Angelita.
Desde la sobremesa hasta
la cena
muchas tardes de invierno
comenzaron así;
tardes sin uñas ni
pavesas tristes.
El espacio remoto en sus
conversaciones,
desde los barcos ebrios
de la flota del verso,
hasta el perfil de
Salamanca (abierta
en sucesivas torres)
hacia el río
o la precisa descripción
de un viaje
de infancia, en tren, por
el pinar de Coca
hacia Segovia, era
excitante siempre.
Guardaba tiernas cartas
de muchachas...
En las de Merry Fine, de
USA, le contaba
incidentes oscuros de
aquel reino
con fotos del South
Boston, que ilustraban
las descripciones de esos
paraísos
mecidos por las dunas de
un Sahara de nieve.
Abríamos los cuadros
memorables
de la mejor pintura de
los tiempos;
las imágenes tiernas del
pionero O'Sullivan
que hiciera los retratos
finales de los búfalos
y de la libertad en las
praderas.
Veíamos llegar, de
frente, los ocasos
hablando de la forma de
fingir de Propercio
e íbamos a la calle, al
reconocimiento
de los barrios, a
encontrar la radiante
figura de una vieja máquina
de pin-ball,
en un bar que él había
evocado en sus versos,
notable novedad de imágenes
danzantes,
cadera articulada de
premio a los cien puntos
con panorama abierto
hacia una flora
exótica que cerca a mitos
gritos,
como el de Venus sobre nácar
rosa
surgiendo de las aguas,
en Haway, recibida
por el penacho de los
cocoteros.
Yo dejé de vivir en
Salamanca
(la sustancia del tiempo
al pudrirse es más pálida)
cuando comenzó Aníbal el
alzado
de ciertas ruinas...
Fieles lealtades
al incendio que en ella
la luz de ocaso deja
sobre el hueco dorado de
sus plazas
y la llama redonda de sus
cúpulas.
Luis Javier Moreno, Cuaderno de campo, Hiperión, 1996
![]() |
| Aníbal Núñez (1944-1987) |
19 de julio de 2011
Los cazadores de Brueghel: tres versiones
PAISAJE INVERNAL
Los tres hombres que descienden por la colina invernal
en ropajes marrones, con largas pértigas y una jauría
pegada a los talones, a través de la disposición de los árboles,
pasadas las cinco figuras junto a la hojarasca quemándose,
regresando fríos y callados a su ciudad,
regresando a la nieve amontonada, la pista de hielo
alegre y llena de niños, a los mayores,
los anhelados compañeros que nunca pueden alcanzar,
la luz azul, hombres con escaleras, cerca de la iglesia
el trineo y la sombra en la calle crepuscular,
no saben que en el arenoso tiempo
que ha de venir, ocurrido ya el grosero menoscabo
de la historia, serán vistos sobre la cima
de esa misma colina: cuando toda su compañía
se haya perdido sin remedio,
estos hombres, en particular estos tres vestidos de marrón
a los que los pájaros observan, conservarán la escena y nos dirán
a partir de su configuración con los árboles,
el pequeño puente, las casas rojas y el fuego,
qué lugar, qué tiempo, qué ocasión matutina
los envió al bosque, una jauría
pegada a los talones y las largas pértigas sobre los hombros,
para de allí volver tal como ahora los vemos y
con nieve hasta las rodillas descender la colina
invernal, mientras tres pájaros los observan y un cuarto alza el vuelo.
LOS CAZADORES EN LA NIEVE
En conjunto el cuadro es el invierno
gélidas montañas
al fondo el regreso
de la cacería es hacia el atardecer
desde la izquierda
los robustos cazadores guían
su jauría el letrero de la posada
colgando de un
gozne roto es un venado un crucifijo
entre sus astas el frío
patio de la posada está
desierto salvo por la fogata enorme
que flamea al viento atendida por
mujeres que se agrupan
en torno a la derecha más allá
de la colina hay un motivo de patinadores
Brueghel el pintor
preocupado por todo esto ha escogido
un arbusto azotado por el viento como
primer plano para
completar su cuadro
REGRESO DE LOS CAZADORES
(Brueghel el Viejo)
Podemos esperar a que desciendan
la colina los pobres cazadores
y su hambrienta jauría que no tiene
ni para un mal bocado con la única
liebre cobrada para tanto blanco.
Y acercarnos al fuego que alimentan
los mesoneros bajo el colgadizo.
Y, mientras esperamos, deslizar
la mirada por todos los canales
helados, por el cielo
verde, por las montañas que rechazan
la nieve de lo abruptas;
ver los patinadores del domingo
—¡qué caída se ha dado aquél!—, el puente
por donde pasa la mujer del loco
cargada con un haz de leña. Cuatro
campanarios se ven, una carreta
por el camino principal, un hombre
allá a lo lejos solo, la escalera
del deshollinador y los tejados
blancos y...¡mira el humo cómo sale!
Podemos esperar —ya están llegando
al puente de ladrillo— a que se pierdan
de vista tras la casa del herrero.
Y saltar por encima de la zarza
y coger la pendiente —¡hasta se puede
bajar rodando! — hasta el canal más próximo.
Sí, porque, aunque tengo frío y cien florines
en la bolsa, me da muy mala espina
el que esté desprendido el rótulo de un lado
y la ventana abierta.
No, porque —y como señal de que no debo
moverme de mi sitio— cada poco
cruzan por turno el aire las urracas
descuideras, tachando la posible
apacibilidad con una línea
de tinta negra (el blanco de su vientre
sin querer se confunde con la nieve).
Los tres hombres que descienden por la colina invernal
en ropajes marrones, con largas pértigas y una jauría
pegada a los talones, a través de la disposición de los árboles,
pasadas las cinco figuras junto a la hojarasca quemándose,
regresando fríos y callados a su ciudad,
regresando a la nieve amontonada, la pista de hielo
alegre y llena de niños, a los mayores,
los anhelados compañeros que nunca pueden alcanzar,
la luz azul, hombres con escaleras, cerca de la iglesia
el trineo y la sombra en la calle crepuscular,
no saben que en el arenoso tiempo
que ha de venir, ocurrido ya el grosero menoscabo
de la historia, serán vistos sobre la cima
de esa misma colina: cuando toda su compañía
se haya perdido sin remedio,
estos hombres, en particular estos tres vestidos de marrón
a los que los pájaros observan, conservarán la escena y nos dirán
a partir de su configuración con los árboles,
el pequeño puente, las casas rojas y el fuego,
qué lugar, qué tiempo, qué ocasión matutina
los envió al bosque, una jauría
pegada a los talones y las largas pértigas sobre los hombros,
para de allí volver tal como ahora los vemos y
con nieve hasta las rodillas descender la colina
invernal, mientras tres pájaros los observan y un cuarto alza el vuelo.
(John Berryman, Los desposeídos, 1948)
(Traducción de A. Catalán)
(Traducción de A. Catalán)
LOS CAZADORES EN LA NIEVE
En conjunto el cuadro es el invierno
gélidas montañas
al fondo el regreso
de la cacería es hacia el atardecer
desde la izquierda
los robustos cazadores guían
su jauría el letrero de la posada
colgando de un
gozne roto es un venado un crucifijo
entre sus astas el frío
patio de la posada está
desierto salvo por la fogata enorme
que flamea al viento atendida por
mujeres que se agrupan
en torno a la derecha más allá
de la colina hay un motivo de patinadores
Brueghel el pintor
preocupado por todo esto ha escogido
un arbusto azotado por el viento como
primer plano para
completar su cuadro
(William Carlos Williams, Cuadros de Brueghel, 1962)
(Traducción de A. Catalán)
(Traducción de A. Catalán)
REGRESO DE LOS CAZADORES
(Brueghel el Viejo)
Podemos esperar a que desciendan
la colina los pobres cazadores
y su hambrienta jauría que no tiene
ni para un mal bocado con la única
liebre cobrada para tanto blanco.
Y acercarnos al fuego que alimentan
los mesoneros bajo el colgadizo.
Y, mientras esperamos, deslizar
la mirada por todos los canales
helados, por el cielo
verde, por las montañas que rechazan
la nieve de lo abruptas;
ver los patinadores del domingo
—¡qué caída se ha dado aquél!—, el puente
por donde pasa la mujer del loco
cargada con un haz de leña. Cuatro
campanarios se ven, una carreta
por el camino principal, un hombre
allá a lo lejos solo, la escalera
del deshollinador y los tejados
blancos y...¡mira el humo cómo sale!
Podemos esperar —ya están llegando
al puente de ladrillo— a que se pierdan
de vista tras la casa del herrero.
Y saltar por encima de la zarza
y coger la pendiente —¡hasta se puede
bajar rodando! — hasta el canal más próximo.
Sí, porque, aunque tengo frío y cien florines
en la bolsa, me da muy mala espina
el que esté desprendido el rótulo de un lado
y la ventana abierta.
No, porque —y como señal de que no debo
moverme de mi sitio— cada poco
cruzan por turno el aire las urracas
descuideras, tachando la posible
apacibilidad con una línea
de tinta negra (el blanco de su vientre
sin querer se confunde con la nieve).
(Aníbal Núñez, Figura en un paisaje, 1974)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Archivo
-
▼
2025
(21)
- ► septiembre (5)
-
►
2023
(15)
- ► septiembre (2)
-
►
2014
(31)
- ► septiembre (1)
-
►
2012
(24)
- ► septiembre (1)



